31 enero 2007

EL CUENTO DE SPIROU


Salió tarde de casa, tenía cita a las ocho y media de la tarde y tan sólo quedaban diez minutos para que se cumplieran y una ciudad entera que atravesar. Sabía que era su última oportunidad y que no podía desperdiciarla, si no llegaba a tiempo o si no era capaz de finiquitarlo ese día jamás volvería a tener la ocasión que tanto tiempo llevaba esperando. Montó en su deportivo negro y al mirar el reloj entendió que para ello todas las luces de los semáforos serían de color verde y que la palabra stop de las señales sería un anglicismo que no entendería…


...La velocidad marcaba el ritmo de sus pensamientos, se agolpaban frenéticamente la duda, el deseo, la excitación, la búsqueda definitiva de un final muchas veces imaginado.
“¿Por qué no lo organicé mejor? ¿Por qué esperar al día 1 sufriendo semana tras semana? ¡¡Seguro que ya no estará allí y todo este riesgo no va a merecer la pena!!”. Al mismo tiempo su imagen la impulsaba a no levantar el pie del acelerador, soñaba con poder abrazarlo sin decir una sola palabra, palparlo suavemente en todos sus recovecos

Suponía que ella esta estaría allí. Sí, seguro. Controlándolo todo, como la última vez. Observando sus movimientos y no dándola ninguna opción de intentarlo. Pero esta vez tenía una posibilidad, quizá el robar el coche la traería otras consecuencias pero su imagen sería diferente, eso era lo importante.

Los elegantes edificios del centro ofrecían un escenario hechizante que aventuraba a ensayar los gestos y las palabras adecuadas. Sin prisas. Sin rencores. Sin dramas.

Quedaban únicamente 5 minutos y desesperadamente buscó un resquicio, no la importaba rebajarse en su maltrecha dignidad.
La llamada llegó a su destino:

- ¿Soy yo otra vez, voy a llegar un poco más tarde?
- Lo siento, las 8:30 es el límite.

“¡¡Estúpida!!, nunca lo entendería. Todos los días delante de sus ojos y no es capaz de apreciarlo. Sólo el dinero puede hacerla cambiar de opinión; yo no lo tengo, pero hoy puedo aparentarlo”.

Los sonidos de los claxon llegaban desde diferentes lados remarcando la distancia desde donde se producían. Su mirada esperaba que luces, sirenas y destellos aparecieran en cualquier momento, sin embargo no sucedió.

Finalmente aparcó a la misma puerta. Había llegado a tiempo. Salió muy tranquila, como si aquel momento no fuera importante, pero las manos la quemaban.

- Hola, donde está?
- Allí, en el rincón. ¿Ha traído el dinero?.
- Por supuesto.
- De acuerdo, tiene un minuto.

Cuando lo abrazó fue consciente de que lo había logrado. En un instante de locura susurró: ¡ Quiero saber lo que se siente contigo a solas !. Se escondieron durante unos segundos tras la cortina. Al poco tiempo ella salió con una gran sonrisa; su deseo, su sueño, su pasión, su recompensa al desagravio.

Avanzó unos pasos desde el fondo, con desagrado se acercó a ella y se lo espetó a la cara:

¡¡ Lo siento señorita, el visón no es de mi talla.!!.

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