
Tres años en un colegio de monjas y doce en uno de curas no lograron convencerme de la existencia de un ente superior, creador y todo poderoso que nos hace ser y estar, nos observa y finalmente nos juzgará. Sin embargo 33 años de curiosidad acerca de las personas y de observación de las mismas sí me han convencido de una cualidad inherente a todos nosotros, la debilidad del ser humano. Y de su comodidad. Partiendo de ese debilidad (y de esa comodidad) desde que el hombre es hombre y dejó de ser mono (o incluso antes) intenta dar explicación a todo aquello que le ocurre alrededor. A algunas cosas, simplemente no sabe dársela. Y qué pregunta es más compleja de responder desde el raciocinio que ¿De dónde venimos? ¿Cuándo comenzó todo y cuándo y cómo finalizará? El concepto de infinito, implícito en estas preguntas es posiblemente inalcanzable para la capacidad intelectiva humana y ante esta debilidad la manera más sencilla de explicarlo es con lo mismo con que los niños dan respuestas a aquello que no entienden, con cuestiones fantasiosas, fantasmagóricas. Y qué mejor y mayor fantasma que dios, cualquier dios. Y qué mejor fantasma para quienes siempre han tenido el poder y pretender asustar a las masas que un dios, cualquier dios. Cualquier creyente de cualquier religión puede asombrarse e incluso ridiculizar los rituales y creencias de cualquier otra porque los de la suya son muy coherentes… ¿quién entiende que no sea de esa secta que una secta se suicide de manera colectiva? ¿Quién entiende que no sea de esa religión que se pueda morir y matar por un dios? ¿quién entiende que no practique esa religión que tras numerosas reencarnaciones alcanzaremos un “nirvana”? Y… ¿Quién entiende que no sea católico que para salvar a un niño de la perdición eterna haya que mojarle la cabeza en un ritual absurdo? A lo largo de la historia el miedo ha sido el principal motor de control de las masas, de los seres humanos y no hay mayor miedo que el de estar perdido en el infinito temporal mientras tu alma (¿el alma existe? ¿No será el cerebro nuestro alma?) vaga y sufre las consecuencias de no haberte sometido a los dictámenes de un ser superior. Y así, desde siempre, bajo las mentiras y amenazas de los más poderosos se ha instaurado en el resto de los mortales el miedo del juez supremo que evalúa de manera constante qué hacemos, cómo pensamos y qué deseamos.
Sé el colchón espiritual que la fe en un dios otorga a quienes la tienen y el motor vital que les supone para hacer muchas cosas, aceptar injusticias mundanas y paliar los restos de sus dolores causados por “inexplicables” acontecimientos y muchas veces he sentido envidia de aquellos a los que les sustenta, a los que le mantiene en pie mientras yo me caigo sin nada para amarrarme más que a mí mismo, pero no, no me convencen, nunca lo han hecho, los que pretenden que crea que más allá, en el infinito, en el fin de los tiempos, alguien me estará esperando para decirme dónde pasaré el resto del tiempo.
Lo siento si ofendo a alguien con mi sentencia, pero no, Dios no existe. Ningún dios existe.




