Al salir cerró con un portazo. Llevaban días sin hablarse y ya no podía soportar ese silencio emocional. Bajando las escaleras se sentía sola pero no más que los días anteriores en los que tenía a alguien a su alrededor. Se sentó en el penúltimo escalón de la escalera y con lágrimas en los ojos metió la cabeza entre sus rodillas y el peso del remordimiento la hizo meditar. Respiró hondo, se levantó, comenzó a remontar los pisos que antes había bajado y llegó a la puerta que previamente había maltratado. No sabía qué tenía que decir o simplemente si tenía algo que decir pero ya no quería continuar con la misma situación. Algo, lo que fuera, tenía que cambiar. Se armó de valor y entró de nuevo en su vivienda, avanzó con paso firme por el pasillo hasta llegar al comedor, se sentó frente a él y mirándole a la cara comenzó sin titubeos su discurso…
“No puedo seguir así, me haces sentirme sola pero no soy capaz de escaparme de ti. Ya llevas unos días en que no me miras, no me hablas, no me tocas. Antes al menos sentía que te importaba. No es que lo que tuviera contigo fuera lo que siempre había soñado, pero para mí no era poco sentirme algo para alguien. Al menos el miedo que te tenía me hacía sentir viva. Me tenía que haber largado la primera vez que me pusiste la mano encima y me habría evitado las palizas que después vendrían, pero supuse que no se repetiría. Me equivoqué. Supongo que también me he equivocado al haberte envenenado...”.













