Llevaba tiempo ya sintiéndose triste, incluso un poco depresiva. Siempre había sido una mujer segura y con mucho encanto, pero encontrarse a mitad de camino entre los 40 y el medio siglo la había sumergido en un mar de dudas acerca de su atractivo y su capacidad de seducción. No importaba que su marido siempre hubiera sido un hombre atento con ella, no importaba que su relación de pareja hubiera sido siempre una balsa de aceite, no importaba que para él ella lo fuera todo, ella ya no se gustaba y esa era la raíz de todos sus problemas.
Hacía un par de meses que en sus oficinas había entrado un chico nuevo a trabajar. Joven, no llegaría aún a la treintena, alto, moreno, de facciones muy marcadas, muy masculinas, no muy guapo pero con fuerza en la expresión facial y con una pequeña cicatriz en la mejilla que sin ser muy espectacular, sí llamaba la atención. Su humor era muy inestable, tan pronto un día discutía con todo el mundo como al siguiente traía una rosa para cada mujer de la planta, tan pronto se iba al finalizar una jornada sin despedirse como les invitaba a todos a unas cañas en la cafetería de la empresa. Ella no podía dejar de fijarse en él, la descolocaba su actitud, bien indiferente e individualista, bien servicial y colaboradora. Un día coincidieron a solas en la máquina del café y comenzaron a contarse sus penas laborales. En plena conversación él la acarició la mejilla y le dijo que era una mujer muy bella y siguió, como si nada, con la intrascendente conversación. Entonces ella notó que sus palabras la penetraban, que sus ocasionales miradas al escote la encendían y que su sonrisa la quemaba. Durante días no pudo quitarse esa escena de la cabeza, una escena cotidiana, una escena casual, una escena que la hacía sentir viva, una escena que la hacía sentir deseosa y avergonzada. Pasaron semanas sin que volvieran a coincidir a solas por mucho que ella intentara provocar el encuentro. Su indiferencia la estaba haciendo daño y a la vez, aumentado el deseo hacia él. Finalmente un viernes salieron a la par de la oficina. Sin más, como una conversación cualquiera, él la preguntó que qué haría el fin de semana, a lo que ella respondió que nada en especial, pasarlo con su marido y sus hijos, como cualquier otro fin de semana. Entonces él la propuso un plan novedoso y atrevido. Le preguntó mientras la sonreía:
- ¿Porqué no te escapas un rato de tu rutina y vienes a ver mi casa? Acabo e amueblarla.
Esa pregunta la desconcertó, la puso nerviosa e, inexplicablemente para ella, excitada. Hizo cábalas en su cabeza, pensó en su irresponsabilidad en caso de acceder a la provocación y le contestó:
- Mi marido trabaja los viernes por la tarde, podrías invitarme a tomar un café esta tarde y así te digo qué opino de la decoración. Mejor eso que mi plan alternativo, ir a la peluquería .¿No crees? - Mientras le guiñaba el ojo izquierdo.
Él le dio la dirección de su casa y acordaron que ella se pasaría sobre las 4 y media.
En ese rato los nervios apenas le permitieron comer un poco de ensalada,. Invirtió el poco tiempo disponible en arreglarse lo suficiente como para mostrarse atractiva pero no tanto como para parecer provocativa. E intencionadamente llegó con unos 10 minutos de retraso.
Él seguía con la misma ropa que por la mañana y rápidamente hizo de guía de su casa. Le dijo que aún no había hecho el café y fueron a la cocina a prepararlo. Así, de pie en la cocina, en lo que el café comenzaba a echar humo y por sorpresa, él se acercó a ella, la abrazó por la cintura y aproximando con lentitud su labios a los de ella la besó. No fue un beso prolongado, pero sí fue beso apasionado. Ella sabía lo que vendría a continuación, así que quiso tomárselo con calma y se excusó con tener que ir al baño para prepararse para lo que la esperaba. De camino al servicio lo vio todo cristalino, se volvió a sentir joven, atractiva, sensual. Se volvió a sentir ella misma, la de siempre. Así que cogió su teléfono móvil e hizo una llamada.
- Hola cielo ¿qué quieres?
- Nada cariño, sólo saber a qué hora sales.
- A las 8, como todos los días ¿porqué?
- Para ir a buscarte, que hace mucho que no voy y así después nos vamos a cenar. Me pondré algo sexy y seguramente te guste mi nuevo peinado.
Sin decir adiós se dirigió hacia puerta y puso rumbo con su cita en la peluquería.