31 julio 2007

No son Michael Jackson, pero para ser presos no está nada mal. Yo con 12 años también me sabía, casi casi enterita, la coreografía de "thriller". Y la de "beat it", que me gustaba más aún.





30 julio 2007

¿ALGUIEN?

Tengo una mezcla de tantos y variados sentimientos y aunque alguno realmente bueno y sano, la mayoría tan malos y autodestructivos que creo que es mejor que esté sin escribir nada. De momento.
¿Alguien tiene ganas de escribir algo divertido? ¿o de invitarme a un helado? ¿o de desaparecer de este mundo por unos días conmigo? ¿o de llevarse de mi cabeza esas palabras que con mi tono de mi voz no dejan de aturdirme? Las regalo, no las quiero.

29 julio 2007

DE VUELTA

Creo que pocas cosas hay mejores que disfrutar de lo que haces y que, mucho más allá de los resultados en sí, la gente con la que lo haces te reconozca tu ayuda con un "gracias" y un abrazo. Estoy realmente cansado, agotado mentalmente, pero contento, muy contento, porque siento que he ayudado a que el esfuerzo de otros les rente una sonrisa tras sus resultados. Lo siento por quienes estáis metidos en una oficina muchas horas y me aconsejáis (sé que por mi bien) que es mucho más estable y seguro hacer lo mismo, pero jamás entenderéis la satisfacción que produce colaborar a que los demás sean felices por unos instantes o paliar los efectos de una decepción ajena y comprobar como poco a poco unas lágrimas se trasforman en una leve mueca de complicidad para volverlo a intentar tras unas merecidas vacaciones. Algún día, como a todos, me llegará mi hora y cuando la dama de la guadaña me lleve por el túnel de luz que dicen que precede al final, lo que seguro recordaré serán momentos como estos y no las horas que pasé en alguna oficina. Lo que seguro recordaré serán sonrisas en la lejanía, mientras me asienten guiñándome el ojo con un pulgar levantado, como símbolo de agradecimiento.
Muchas veces, no sé porqué, siento que mi hora no está muy lejana, y cada día estoy más convencido de disfrutar de lo que poco que me queda. Aunque sea durante 80 años.

22 julio 2007

CUENTOS ANTIGUOS PARA UN VACÍO TEMPORAL

Estaré unos días alejado de mi morada intentado ayudar a unos chavales a acercarse a sus sueños mientras ell@s me ayudan a alcanzar alguno de los míos y en ese tiempo no podré (o eso creo) cumplir con mis obligaciones bloggeras, espero no me echéis mucho de menos. Para ello he decidido desempolvar cuentos de hace años y colgarlos. Algunos de vosotros ya los habréis leído, otros no, pero creo que ya llegó el momento de hacerlos públicos. Espero os entretengan y os atreváis a criticarlos y comentarlos, así tendré con qué entretenerme a la vuelta. Los tenéis aquí abajo. Besos a tod@s.

EL ACCIDENTE


MARIO

Llevábamos preparando las vacaciones algo más de un mes. Yo era el único que disponía de coche, así que aunque tenían el carnet desde hacía más tiempo y me fiaba de ellos, prefería conducir yo mismo, porque al fin y al cabo, el coche era mío.
La noche anterior a irnos me había acostado un poco antes de lo normal para descansar lo suficiente antes de emprender el viaje. Entre el nerviosismo de la primera escapada larga y el calor que hacía aquella noche me costó bastante conciliar el sueño. Era asqueroso, daba vueltas en la cama, me tapaba y me destapaba continuamente, hasta que finalmente las sábanas decidieron aliarse entre ellas y abandonarme en mi lucha con la noche. En definitiva, me salió el tiro por la culata, pretendía descansar más de lo normal para estar fresco la mañana siguiente y lo único que conseguí fue dormirme de madrugada casi a eso de las cinco.
A las siete y media sonó el despertador que me avisaba que la diversión comenzaba. Me incorporé sin vacilar. Ya tenía todo el equipaje preparado desde el día anterior. Me duché, desayuné, me cercioré por última vez de que nada me olvidaba, cogí las maletas, di un beso a mi madre y bajé las escaleras hasta la calle dirigiéndome al coche.
Había quedado en pasar a buscar a Jorge a las ocho y cuarto y a Andrés a y media. No había mucho tráfico por la ciudad, cosa por otra parte lógica tratándose de esas horas y siendo ya finales de julio. Llegué a las ocho y diez a la casa de Jorge y a pesar de mi adelanto, éste ya me esperaba abajo preparado con sus cuatro bolsas de deporte repletas de no sé qué.
Él era el que básicamente había organizado todo. Nos había convencido de ir allí y no a otro lugar, había alquilado el apartamento en el que íbamos a estar e incluso se había puesto en contacto con una vieja amiga suya que allí vivía y que según él estaba bien buena y tenía amigas. Se le veía contento e ilusionado de poder pasar esa semana juntos y libres, también eran sus primeras vacaciones desmarcado de sus padres. Apenas tardamos un par de minutos en cargar su equipaje y partimos en busca de Andrés.
Andrés es el que más pegas había puesto con todo el tema del viaje. No le gustaban las fechas, no le gustaba el viaje y aún menos le gustaba que fuera yo quien condujera el coche, así que no me sorprendió que al llegar a su casa (sobre las ocho y veinte) estuviera todavía en la cama, aunque nos dijera que ya estaba levantado desde hacía tiempo.
He de reconocer que me jodió el que todavía estuviera dormido pero la verdad es que ni la mitad que el hecho de que aún no hubiera preparado el equipaje. Nos tocó ayudarle a preparar todo y a eso de las nueve y cinco, con más de media hora de retraso, nos pusimos por fin en marcha. He de admitir que ese retraso instaló en mí un poco de nerviosismo, pero en cuanto nos pusimos en la carretera se me pasó por completo.
Jorge iba a mi lado y Andrés en la parte de atrás. Al principio el ambiente estaba tenso. Yo estaba de mala hostia por el retraso que llevábamos y Andrés no ayudaba mucho con su desgana. Y por si fuera poco y a pesar de que le advertí para que no lo hiciera pues me desestabilizaba el coche, bajó las dos ventanillas de atrás, porque, según él, hacia mucho calor.
Menos mal que Jorge, siempre tan positivo, puso un compact de “Los Rodríguez” y se puso a cantar. Eso me animó y me hizo cantar a mí también. La tensión desapareció y nos pusimos a hablar de una chica con la que Andrés se había enrollado los dos últimos fines de semana y que por lo visto le molaba de verdad (cosa extraña en él).
Estaba yo mirándole de reojo por el retrovisor mientras nos describía con detalles las curvas de aquella chica, cuando, sin saber cómo, el coche se escapó de mi control. Nos habíamos metido en el carril de sentido contrario y un camión enorme se aproximaba hacia nosotros, di un volantazo a la derecha para intentar esquivarlo, pero entonces, supongo que vencido por el peso, el coche volcó y comenzó a dar vueltas como si de un pollo que estuvieran asando se tratara.
Ya no recuerdo más, perdí la consciencia. Cuando volví en sí estaba dentro de una ambulancia, la pierna izquierda me dolía muchísimo, me dolía tanto que no sentí que tenía destrozado el brazo del mismo lado, ni las magulladuras que tenía por el resto del cuerpo, ni las brechas que me hice en la frente y la cabeza.
Sólo había una cosa que me preocupaba más que el dolor de mi extremidad inferior, cómo estarían mis amigos.


JORGE

Tenía tantas ganas de volver a ver a Raquel. Desde que coincidimos en aquel campamento siendo apenas unos críos no la había vuelto a ver. Cierto es que durante un tiempo nos mantuvimos en contacto casi permanente por carta y que, muy de vez en cuando, nos llamábamos por teléfono, pero a medida que fueron pasando los años y supongo que como le pasa a todo el mundo que mantiene algún tipo de relación en la distancia, nos fuimos alejando el uno del otro cada vez más. Cuando llamé para decirle que iba a ir allí con mis amigos me pareció que se puso muy contenta. Incluso me ayudó a buscar un apartamento que por lo visto estaba muy bien situado y que nos resultó muy barato.
La víspera de salir estuve toda la tarde preparando la ropa que iba a llevar, quería que me viera con mis mejores galas, así que ante las dudas sobre qué trasladar y qué dejar en casa metí todo lo que tenía en unas bolsas de deporte.
Como imaginaba que si me metía en la cama demasiado pronto no me dormiría por la tensión, me puse a ver una película. Bueno, me puse a ver una pero vi dos. En realidad la segunda no la vi terminar pues me quedé dormido en el sillón. No había nadie más en mi casa, por lo que permanecí en el sofá y con la tele encendida hasta que a eso de las siete y cuarto me desperecé.
Me preparé un copioso desayuno, me aseé y aunque sabía que hasta las ocho y cuarto Mario no vendría a por mí, a las ocho menos cinco bajé a la calle.
Hacía una mañana estupenda. Compré el Marca. Lo estaba echando una ojeada cuando Mario llegó. Me echó una pequeña bronca por las bolsas que llevaba, decía que no íbamos a caber todos en el coche, pero bueno, no le hice demasiado caso. Nos fuimos a por Andrés.
Yo diría que por la cara que tenía cuando llegamos aún estaba en la cama pero él nos dijo que no, que se había levantado hacía un poco y que estaba preparando la ropa. Lo que sí era cierto es que no tenía ninguna prenda preparada. A mí no me gustó mucho ese detalle, pero a Mario eso le puso como una fiera. Yo creo que estaba nervioso ya que era él quien tenía que conducir. Nos tocó ayudarle a empaquetar todo. Mario le dijo que de todas formas no se preocupara si se olvidaba de algo pues ya llevaba yo vestimenta para todos. Como le notaba histérico decidí volver a ignorarlo.
Ya en el coche se pusieron a discutir incluso sobre si las ventanillas de atrás debían ir subidas o bajadas. Al cabo de un rato la tensión se había disipado, momento que aproveché para poner un CD que había llevado.
Durante un rato fuimos cantando hasta que Andrés se puso a hablar de una chica. Yo no le presté demasiada atención pues iba pensando en cómo estaría Raquel después de tanto tiempo. Iba recordándola cuando un camión se abalanzó contra nosotros, grité y Mario pegó un volantazo.
El coche comenzó a dar vueltas. Cada vuelta parecía durar una eternidad. Era como si me hubieran introducido dentro de una película de vídeo y la estuvieran pasando a cámara lenta. Por fin se detuvo.
Había un silencio que me aterraba y estábamos boca abajo. Apenas me podía mover, el cinturón de seguridad me oprimía y tenía un extraño sabor de boca. Miré a mi lado y vi que Mario estaba con los ojos cerrados. Creí que había muerto. No podía girarme para ver cómo se encontraba Andrés, pero tampoco le escuchaba respirar.
Comencé a pedir ayuda a voces. Llegaron unas personas que me decían que permaneciera tranquilo que ya habían llamado a la ambulancia. Se me hizo eterna la espera. Tuvieron que apalancar la puerta y cortar el cinturón para sacarme.
Apenas tenía nada excepto leves cortes por todo el cuerpo debidos a los cristales rotos y otro más profundo en le cuello producido por el cinturón. Me dolía todo el cuerpo, pero afortunadamente no me hice nada grave.


ANDRÉS

Era imposible que aquello saliera bien. No sé por qué accedí a ir. Para empezar yo no quería ir a Gijón a bañarme en el puto Cantábrico. A mí me apetecía ir al Mediterráneo, me daba igual el lugar, Benidorm, Salou, Gandía, Benalmádena... me daba igual, pero al Mediterráneo, donde el agua no estuviera helada, donde el sol fuera permanente, donde las guiris abundaran, donde la juerga nunca acabara.
Para continuar, ¿por qué teníamos que ir en julio si en agosto había mucha más marcha?
Después, Mario conduciendo ¡Pero si sólo llevaba tres meses con el coche!
Y para colmo, me estaba enamorando y la tenía que dejar sola en la ciudad con la cantidad de buitres que circulan al calor del verano. No tenía muchas ganas de ir pero aún menos después de la noche tan increíble que pasé con ella el día antes de marcharnos, amándonos hasta las seis de la mañana.
Cuando éstos llamaron al timbre todavía estaba dormido, pero les dije que ya me había levantado. Si les llego a contar a la hora que me había acostado después de ver que no tenía nada preparado me matan. Mario casi lo hace de todas formas. Creo que él tampoco durmió mucho, o por lo menos sus ojeras eso parecían querer decir.
Mientras me daba una ducha de agua fría para despejarme estuvieron metiendo mi ropa en unas mochilas. Yo creo que cogieron pocas cosas pero Mario decía que Jorge había llevado ropa para los tres. No me importó, me gustaba como vestía Jorge y usábamos la misma talla. Al llegar al coche, comprobé que sí que había llevado vestuario, sí, el maletero estaba repleto.
Me tocó compartir la parte trasera con mi equipaje ¡Y yo que me quería dormir! El calor era asfixiante a pesar de ser aún temprano, así que bajé las ventanillas. Pero hasta eso me recriminó el imbécil de Mario. Después de discutir con él y de mantenerme en mis trece, me intenté dormir un rato. Estaba a punto de conseguirlo cuando Jorge puso música y los dos, yo creo que para joderme, se pusieron a cantar.
Ya despabilado no pude reprimirme el contarles cómo me iba con Sonia. Creo que Jorge me ignoraba, pero Mario no paraba de mirarme mientras yo le hablaba de ella. Me estaba poniendo realmente nervioso, en vez de escucharme con la vista fija en la carretera, parecía querer oírme con los ojos. En una de esas miradas el coche se le fue desviando hacia la izquierda, yo no me di cuenta de ello para avisarle, pero de repente Jorge pegó un grito y lo único que vi fue un camión descomunal que venía a por nosotros.
Mario lo intentó esquivar pero lo único que logró fue que el coche perdiera adherencia y volcara. Salí disparado por una de las ventanas a la segunda o tercera vuelta. Al principio volé por los aires y cuando aterricé en el suelo empecé a rodar a mil por hora. Durante uno de esos giros me golpeé la cabeza contra una roca.
Yo era el único que no quería ir a ese estúpido viaje. Yo era el único que ya conocía Gijón. Yo era el único que había dejado a una chica esperándome. ¿Por qué tuve que ser yo el único que murió en el accidente?

MEMORIA EN LOS OJOS


La primera vez que vi esa mirada que ahora deben reflejar mis ojos fue hace muchos, muchos años.
Yo tan sólo era una niña que jugueteaba con la arena de la Playa de la Concha. No recuerdo muy bien mi edad por aquel entonces, no creo que hubiera cumplido aún los doce años, pero sí recuerdo perfectamente que me recreaba en la playa contemplada por las acechantes olas que parecían querer venir a buscarme hasta que la arena, como si de un caballero se tratase, me protegía de sus ataques.
Me divertía sola, sin saber ni querer saber que el mundo no es un hogar en la cual los problemas no son capaces de entrar hasta que el sereno que porta la llave maestra de cada vida abre la puerta a ajenos inquilinos que no tienen otro afán que trastocar la placidez con que cualquier niño pervive.
Correteaba contra el viento, desafiándole por despeinar mi cabello, me retozaba en la arena, agradeciéndole por otorgarme seguridad, bañaba mis pequeños pies en el agua del mar, provocándole para que lanzara contra mí más de sus feroces ataques, respiraba hondo para descansar de mis arrebatos de locura infantil y miraba al horizonte buscando el punto exacto donde coincidieran agua y aire.
Cansada de no hallar aquel encuentro me giré desolada por el único tormento de mi aún incipiente existencia y al girar mi por entonces diminuto cuerpo, vi como no muy lejos, una mujer anciana me observaba con atención.
Fue entonces cuando por primera y última vez hasta hoy vi esa mirada. Una mirada eterna, tan eterna que fija su atención en un punto hasta que pasa a formar parte de lo que está mirando. Una mirada tierna, tan tierna que otorga brazos a los ojos y éstos entonces te abrazan. Una mirada cálida, tan cálida que te desnuda y es tu alma tan sólo lo que divisa. Una mirada envidiosa, tan envidiosa que te quiere robar la edad o por lo menos cambiarla por la suya. Una mirada compasiva, tan compasiva que te advierte sin poder ayudarte que ya nunca nada será igual. Una mirada tan mirada.
Era una mujer anciana, como yo lo soy ahora. De cabellos escasos, todos ellos plateados. De rostro arrugado, castigado por el dolor. De labios ocultos, tal vez para no pronunciar más de lo necesario. De orejas desnudas, incapaces ya de soportar peso sobre sus lóbulos. De cuello degollado, por las muertes de seres queridos. De cuerpo encorvado, de tanto inclinarse a los avatares de la vida. De piernas delgadas, cansadas de soportar tanto pesar. Y de pies derrotados, sabiendo que ya les queda poco para alcanzar su meta final. Pero con unos ojos radiantes, brillantes, luminosos, orgullosos de haber encontrado frente a sí lo que una vez ella fue, un ser despreocupado, alegre por ignorante, curioso por pueril y atrevido por ingenuo. Pero aquellos ojos eran una cosa más, eran unos ojos delatores.
¿No recordáis vosotros ese instante de vuestra vida en el cual os percatáis que a partir de él ya nunca nada volvería a ser como hasta entonces? ¿ No recordáis ese momento en el que os disteis cuenta de que todo cambiaba? ¿No recordáis el segundo en que dejasteis de ser niños?
Pues yo sí lo recuerdo. Lo recuerdo porque no lo descubrí por mí misma, no, me lo dijeron. Me lo dijeron aquellos ojos, aquellos ojos chivatos. Si hay una frase que se ha quedado impregnada en mi mente desde la primera vez que la escuché es aquella que dice: “Los ojos son el espejo del alma” Yo creo que esa frase se instaló en mi cabeza para siempre cuando la oí por primera vez porque me trasladó a aquella tarde de otoño, a aquella playa, a aquella infancia, a aquella anciana. Aunque yo la matizaría y diría que “los ojos son el espejo de la memoria”.
Sus ojos me enseñaron por primera vez lo que es la nostalgia, nostalgia de un tiempo que no podemos gozar en su totalidad al no ser conscientes de lo que estamos disfrutando y no tener nada con qué compararlo. Me enseñaron por primera vez lo que es la envidia, envidia al ver que existe alguien a pocos metros tuyos que posee lo que tú más deseas y sabes que ya nunca podrás tener. Me enseñaron por primera vez lo que es la compasión, compasión al saber que a quien contemplas le van a robar su más preciado tesoro sin merecerlo y sabiendo que no podrá hacer nada por retenerlo y ni tan siquiera se dará cuenta del hurto recibido hasta que pase mucho, mucho tiempo, demasiado como para poder reclamar lo perdido. Y me enseñaron lo que es la ternura, la ternura que puedes sentir por ti misma al recordarte con setenta años menos en la silueta de otro ser.
Hoy que he vuelto después de tanto tiempo a la playa que me vio crecer me sorprendo contemplando a una niña que como yo en su momento no parece querer coger aliento entre carrera y carrera, entre baño y baño, entre risa y risa.
Hoy que me sorprendo contemplando a una niña jugueteando con la nada es cuando llego a la conclusión de que la vida está mal diseñada, bueno, más que mal diseñada, sencillamente está al revés.
Deberíamos vivir desde atrás hacia adelante, nacer de ancianos, con un cuerpo débil, frágil y cansado y solos, abandonados a nuestra suerte, aprenderíamos de observar y de contemplar y de reflexionar sobre lo observado y lo contemplado ya que es lo único que nuestro organismo nos permite hacer (y no a todos). Nuestra gran maestra sería mi hoy inseparable amiga Soledad.
Seguiríamos “madurando”, disfrutando de los demás, de los nietos especialmente, que como ya habrían vivido toda una vida, nos cuidarían y nos enseñarían a ser menos amargos con sus continuas sonrisas injustificadas (justificadas para ellos al saber que se encuentran en el mejor momento de su existencia). En esa época nuestra única ilusión sería recibir la visita de uno de esos nietos para que nos instruyera con su frescura.
Pasarían los años y veríamos nacer (ahora lo llamamos morir) a nuestras parejas y les acompañaríamos desde lo más crudo y duro de su terrible enfermedad hasta su plenitud física y mental. Primero experimentaríamos un amor compañero, cálido pero tranquilo, sin sobresaltos y prácticamente asexuado, para poco a poco y tras pasar por diversas crisis, en esto nada cambiaría, transformar esa diminuta llama en un fuego intenso, en la pasión desenfrenada con que ahora comienza cada relación, pasaríamos de estar habituados y por lo tanto no deseosos de ver a nuestro ser amado a ansiar cada vez más encontrarnos con esa persona.
No sufriríamos al ver alejarse a los hijos, huir de nosotros, casarse, formar una familia ajena a la de su sangre, sino que cada vez se apegarían más a la persona que realmente les quiere (su madre), y gozaríamos al ver que cada vez no sólo no tienen más preocupaciones, sino que éstas se van alejando de ellos con el transcurrir de los años.
Seríamos unos jóvenes experimentados, que aprovecharíamos nuestros incansables cuerpos sin malgastar más energía de la que desperdiciamos en la verdadera juventud. Dicen que “la experiencia es un peine que nos regalan cuando nos quedamos calvos”, pues bien, si esta vida fuera al revés nos cepillaríamos con las púas de la experiencia a diario.
Y finalmente seríamos unos niños libres, como es esa niña a la que ahora miro y como era aquella niña que yo un día fui y a la que aquella anciana observaba, pero plenamente conscientes de nuestra libertad y sabedores de cual será el preciso instante en que digamos adiós para siempre. Sería bonito vivir así.
Aunque no sé, bien pensado, tiene que ser difícil comenzar tu andadura en este mundo sin alguien que te guíe. Tiene que ser difícil crecer con una única ilusión y además ajena, tiene que ser difícil estar cerca de alguien por quien no sientes un cariño injustificado. Tiene que ser difícil ver como a tus hijos sus sueños no les llegan sino que se les van alejando y sentir como mueren entre tus piernas. Tiene que ser difícil sentirse nerviosa ante una desenfrenada noche de pasión con alguien a quien ya has visto desnudo en infinidad de ocasiones. Tiene que ser difícil no cometer errores causados por la precipitación de un cuerpo y una mente fogosos. Y sobre todo, tiene que ser muy difícil ser ingenua y no tener maldad tras un montón de años vividos.
Quién sabe, a lo mejor aquél que diseñó esta vida ciertamente sabía lo que hacía.
Ahora me doy cuenta de lo que realmente me enseñó aquella acabada mujer, me enseñó lo que nunca se debe hacer, perder la ilusión, la ilusión de volver a ser una niña.
Pues bien, ahora que contemplo a esa pequeña voy a intentar cambiar por completo mi mirada y voy a intentar borrar la memoria de mis ojos para que cuando se gire y me mire comprenda de mi rostro que le queda una vida maravillosa por vivir y que hoy no, hoy no se le acaba la infancia no, que mientras ella quiera, seguirá siendo una niña.
Pues yo hoy, que siento tan cercana mi muerte, vuelvo a ser una niña.

EL MOMENTO


Desde aquí donde os hablo todo es tan claro.
Puedo ver a los seres que me han querido llorar por no tenerme más, a las personas que me han utilizado buscar a otro a quien utilizar y a aquellos que me han odiado echarme de menos por no tener ahora a nadie a quien odiar. Como os he dicho aquí y ahora todo es cristalino, ha sido llegar y todo transparentarse para mí, he llegado hoy y hoy ya todo lo conozco y lo comprendo y, aunque ha sido hoy cuando todo ha sido expuesto ante mí, esta misma claridad de ideas me hace recordar dónde, cuándo y cómo comenzó todo. En aquel momento no lo entendí y aunque aquel momento me hizo estremecer, nunca hasta hoy lo relacioné con esto. Así fue como pasó o al menos cómo yo lo recuerdo...

...Era un sábado normal de noviembre, empezaba a hacer frío y la aún lejanía de los exámenes nos liberaba del deber de estudiar al día siguiente y nos animaba a disfrutar de una loca noche de fin de semana.
A pesar de ser consciente de que el frío de la noche me esperaba salí de mi casa con tan sólo una camiseta y un jersey que la arropara; ”Total, para luego dejar la cazadora en el coche mejor no la llevo”. Claro que yo sabía que para salir así de “abrigado” antes tendría que soportar el sermón de mi madre al despedirme. Y así fue, pero oídos sordos.
Monté en el coche y puse una cinta que me acompañara en el trayecto. No me apetecía escuchar los comentarios sobre el partido que acababa de ver en la tele, el Atleti había perdido y no estaba de humor. Como un autómata tomé el camino por donde siempre iba y al son de la música me puse a cantar, no cantaba especialmente de alegría sino porque siempre cantaba en el coche. No me preguntéis que personas o cosas vi en mi travesía porque no me acuerdo. Tan sólo recuerdo que tuve suerte y aparqué nada más llegar.
Así fue como aparecí cinco minutos antes de la hora en el lugar donde no habíamos quedado. Siempre íbamos allí y a la misma hora “a las once en el Chas”. No había citas previas ni temores de que nadie apareciera, pero sabía que el hecho de aparcar tan rápido me otorgaba el premio de tener que tomarme la primera copa solo hasta que el resto de la panda, siempre impuntuales, llegara.
Caminaba absorto en mis pensamientos hacia el Chas, no había nada ni nadie que me distrajera y como por arte de magia, en un visto y no visto, llegué al bar. Abrí la pesada puerta con una energía inusitada como queriendo decir “aquí estoy yo”, sonreí al escuchar el mismo rock de siempre y ver a la misma gente de cada sábado, gente que no conocía pero que era como de la familia y saludé a la camarera.
Justo en ese momento sentí algo que nunca había sentido, una extraña presión se metía en mi cabeza, un invisible corsé me oprimía el pecho, un inexistente terremoto hacía temblar mis piernas y un río, frío como el hielo, empezó a surcar mi frente, espalda, manos y axilas. Sólo duró un instante, ¡pero qué instante! No pude explicar lo que me pasaba, pero tan rápido como vino se marchó.
Me detuve un minuto a comprobar que nadie había llegado y reafirmé mi certeza. Me dirigí al lugar de la barra donde siempre nos poníamos y pedí, como siempre, un Jack Daniels con hielo.
Todavía estaba explicándome a que se había debido aquella extraña sensación cuando recibí un golpe por la espalda y un grito directo al oído:
- ¡Hoy que se preparen todas!- Era Julián que acababa de llegar- ¿Sólo has llegado tú?- Me preguntó.
Era una de esas preguntas que más que interrogaciones son afirmaciones así que no le contesté y casi sin querer, como cada sábado, nos pusimos a hablar del partido de la tele hasta que llegaron los demás.
Estábamos en uno de esos lapsus en los que nadie habla y cada uno hace como que mira haciendo como que baila cuando aquella extraña presión se adueñó otra vez de mi cabeza, cuando el corsé del que creí haberme liberado me apretó con más fuerza el pecho, cuando el temblor de mis piernas se hizo mayor que antes y el río que me surcaba pareció querer ahogarme. Creí caerme, pero al contrario que la vez anterior ahora sabía a que se debía, ahora sabía que era lo que me provocaba aquel malestar tan agradable. Alcé la vista y al otro lado de la barra vi una especie de ángel sin alas, un ser venido de otro planeta, un animal en extinción, la chica más guapa que jamás había visto ¡Mi amor verdadero! Fue verla y no poder quitar la vista de ella y a pesar de que notó que la miraba tampoco ella apartó sus ojos de mí. Como llevado por un imán que se deslizara por debajo del suelo me dirigí hacia ella, no sabía qué iba a decirle, tampoco me importaba, sólo quería conocer su nombre y decir que la quería, desde aquel momento y para siempre, pero me quedé en un simple:
- Hola, ¿cómo te llamas?
A lo que ella me respondió con un musical:
- Nadia y ¿tú?
¡Cómo me gusto ese: “y ¿tú?”!
Pero lo que en ese momento no supe (y ahora sí sé), lo que en aquel momento no pude ni llegar a imaginar era que aquel “y ¿tú?” me iba a llevar al lugar donde ahora me encuentro, al lugar donde todo se ve tan claro, al lugar donde todo se nos es mostrado y nada puede ser corregido, al lugar de donde no se vuelve. A aquí, a la muerte.
Estuvimos charlando más de una hora seguida de cosas tan intrascendentes que eran apasionantes. Era tan maravillosa que creí estar en un sueño ¡Qué más quisiera yo! Se acercó Julián y me dijo que nos íbamos, que la noche nos esperaba, pero la noche ya había acabado para mí. No le pedí su número de teléfono, ni ella a mí, pero medio quedamos en vernos en el mismo lugar y a la misma hora al sábado siguiente. Nos dimos dos besos y nos despedimos.
Ahí empezó la semana más larga de mi vida, parecía que el sábado no quería llegar nunca, pero llegó. Ese sábado me dio igual el partido, me dio igual la música en el coche, me dieron igual mis amigos, me dio igual todo. Estuve preparándome desde las ocho y llegué al Chas a las once menos veinte a pesar de saber que me tocaría estar solo un buen rato. Me traía sin cuidado, a lo mejor ella también iba antes. Pasaron los minutos y a partir de las once y diez empezaron a llegar todos mis amigos, pero yo permanecía solo.
Y seguí solo toda la noche. A eso de las tres me fui a casa, no había nada que me motivara a quedarme. Estaba triste y decepcionado y en el coche, de vuelta a casa, trataba de darme yo a mí mismo alguna estúpida explicación de su no-comparecencia: “Se habrá puesto mala”; “Habrá tenido que irse de viaje”; ”No habrán querido ir sus amigas”. Cada excusa que me inventaba era para exculparla y así perdonarla por no sé qué.
Cuando llegué a casa me fui directo a la cama y me dormí más rápido de lo que acostumbraba. A la mañana siguiente cuando desperté parecía como si el dormir hubiese actuado de goma y hubiera borrado todo lo anterior, recordaba cosas y la recordaba a ella, pero la recordaba como si fuera parte de un difuso sueño que ya casi había olvidado.
Sin embargo el tiempo a veces actúa de manera contraria a como debiera y a medida que pasaban los minutos, las horas y los días, ella volvía a mi mente y a mi corazón con más intensidad si cabe de lo que jamás hubiera estado.
Y llegó otra vez el fin de semana. Nunca íbamos los viernes al Chas pero yo presentía que ese viernes ella estaría allí, así que convencí a mis amigos para cambiar nuestros hábitos y hacer de ese viernes un sábado más. Mi intuición femenina, como en todo hombre, es inexistente y ella no apareció. Como tampoco lo hizo el sábado, ni el sábado siguiente, ni el siguiente, ni el siguiente. Y así, sumergido en la desilusión, pasé algo más de un mes.
Las Navidades estaban a la vuelta de la esquina y ya empezaba a dudar de si la sensación que tuve sobre ella no era cierta y todo lo que creí haber vivido no sería sólo un sueño cuando llegó un sábado más.
Esta vez era yo quien llegaba tarde y ya estaban allí todos. Al saludarlos vi en ellos una sonrisa picarona que me hacía temer que algo tramaban cuando Julián me dijo:
- Mira quién está ahí.
Fue oír esas palabras y la presión, el corsé, el terremoto y el río volvieron a mí como vuelve un boomerang bien lanzado, con más fuerza de la que sale, así que giré la cabeza en dirección a donde me señalaba.
¡Estaba allí, no lo había soñado! Y como si su amiga también le hubiese dicho “mira quién está ahí” ella giró la cabeza en dirección a mí y me sonrió.
No pude pararme, tendría que haberme parado, pero no pude y fui hacia ella. Quería preguntarle que por qué había tardado tanto en volver, que a qué había sido debida su ausencia, quería una explicación, pero era consciente de que no podía pedírsela. ¿Quién era yo para ello? Ella actuó como si el tiempo no hubiese pasado (a lo mejor pensó lo mismo de mí), como si el día que nos conocimos hubiera sido el sábado pasado y estuviera allí cumpliendo con su cita. La conversación esta vez fue menos fluida y, por supuesto, mucho más corta, pero esta vez no me fui sin saber su número de teléfono, ni ella sin saber el mío.
Llegó el lunes y no pude reprimir mis ganas de llamarla, el jueves era Nochebuena y yo quería que antes de Navidad ya fuera mía. El temblor de mis dedos hacía que casi no atinara con los números y el latir acelerado de mi corazón me hacía dudar que pudiera articular palabra alguna. Al tercer tono alguien descolgó el teléfono:
- ¿Diga? – Preguntaron.
- Hola ¿está Nadia? – Respondí yo.
- ¿Quién?
- Nadia – Repliqué.
- No, creo que se ha equivocado de teléfono.
- Perdone.
- Nada.
¡Vaya! Sin duda alguna el temblor de mis dedos me había jugado una mala pasada. Esperé un minuto para tranquilizarme un poco y volví a marcar el número que yo creía el suyo, ahora sin dar posibilidad alguna al error. Esta vez tardaron un poco más en cogerlo. Otra vez el mismo:
- ¿Digamé?
No daba crédito a lo que escuchaba, me pareció estar oyendo otra vez la misma voz que antes, pese a lo cual pregunté:
- ¿Está Nadia?
A lo que me contestaron con lo que yo ya temía:
- Oye, creo que te has vuelto a equivocar.
Y colgué sin más.
No, no me había equivocado, había marcado el número que tenía en mi memoria y mi memoria en estos casos nunca fallaba. ¡Me había mentido! Creí morirme, empecé a sudar como si hubiera estado corriendo durante tres horas seguidas, empalidecí como la nieve recién caída en el campo y una lágrima se deslizó por mi mejilla izquierda, las demás quedaron prisioneras en mis ojos nublándome la vista. Me dirigí a mi habitación como un sonámbulo en el medio de la noche aturdido por el eco del “se ha equivocado”, me tumbé en el suelo y como queriendo huir de mi cuerpo fijé la mirada en el blanco techo que me protegía, buscando un infinito donde esconderme. Pasó algo más de media hora en la que permanecí inmóvil mientras por mi mente vagaban pensamientos tan abstractos y tan absurdos que creí volverme loco. Me incorporé para poner alguna melancólica canción que acompañara mi tristeza y cogí un álbum de fotos antiguas para transportarme a tiempos felices y subirme un poco la moral. Estaba viajando en el tiempo cuando sonó el teléfono. Ni tan siquiera me inmuté, me daba igual que fuera o no para mí y si era para mí, me daba aún más igual de quién se tratara, no quería hablar con nadie. Mientras me rebozaba en mi apatía acerca de quién llamaba, mi madre me desperezó:
- ¡Niño, es para ti! – Me voceó.
- ¿Quién es?- Le pregunté desganado.
- Una chica con un nombre raro – Me contestó.
No podía ser ella, seguro que conocía a más chicas con nombre raro, pero de todas formas me dirigí esperanzado al aparato telefónico.
- ¿Sí? ¿Quién es?- pregunté acobardado.
- Hola soy Nadia ¿Qué tal?
Y todo comenzó a dar vueltas, no sabía qué hacer y aún menos qué decir, no sabía si debía colgar o no, si decirle que me olvidara para siempre o preguntarle que dónde se encontraba para ir corriendo y abrazarla. Dentro de lo que cabe me mantuve sereno.
- Bien y ¿tú? – Le respondí.
- Muy bien. Como no me llamabas me he decidido yo a hacerlo.
“Tendrá jeta” pensé. Estuvimos hablando un rato de cosas triviales hasta que me dijo que si quería quedar con ella para tomar algo. ¡Pero cómo no iba a querer! Quedamos para el día siguiente a las cinco y media.
Las lágrimas cristalizadas que se habían adueñado de mis ojos recibieron un fuerte impacto y al hacerse añicos me permitieron contemplar lo brillante que estaba el día. Sin duda alguna había entendido mal su número de teléfono y sin menos dudas todavía, ella también me quería. Tenía ganas de saltar, de cantar, de bailar, de decírselo a todo el mundo. Empecé a mirar el reloj para contar los segundos que me quedaban hasta poder estar con ella. Por la noche apenas pude conciliar el sueño. Intenté estudiar a la mañana siguiente, pero no pude, estaba demasiado agitado como para sentarme en una silla enfrentado a unos apuntes. Tampoco comí, los nervios que ocupaban mi estómago no dejaban espacio en éste para la comida y así entre desmadrado y acongojado pasé el día hasta que a eso de las cuatro de la tarde me llamaron. Era Nadia diciéndome que se encontraba con fiebre y que no podía asistir a nuestro encuentro, que lo lamentaba y que ya quedaríamos para otro día.
Qué sabios son los dichos antiguos, hay uno que dice que tras la tempestad siempre llega la calma, pues así tras la tempestad de mi mañana, calmosa estuvo mi tarde, toda ella tirado en el sofá mirando la tele.
Con la misma rapidez con que caen las hojas de los árboles en octubre pasaron los días en mi vida, pasó Navidad y Año Nuevo, pasó Reyes y el mes de enero y los exámenes de febrero. No volví a saber de ella, al Chas nunca más volvió, no podía llamarla pues no sabía su número y aunque la buscaba por todos los lugares, la inmensidad de la ciudad no me permitía hallarla. A pesar de todo no podía dejar de pensar en ella. No podía dejar de amarla.
Y así como sin quererlo llegó un 16 de marzo de 1998.
Era el cumpleaños de Julián y nos había invitado a cenar a un, según él, elegante restaurante en el cual yo nunca había estado. Me recomendó que pidiera un chuletón y así lo hice. Había engullido ya la mitad de la pieza cuando sentí que se me acababa la vida. Justo enfrente de mí entraba por la puerta una pareja que yo diría muy feliz que se sentó tres mesas más allá a nuestra derecha. Era Nadia y compañía. Enloquecí, me llené de rabia, todo mi amor se tiñó de odio y toda mi ilusión de ira incontrolada. Me levanté de la silla y con el cuchillo de cortar la carne en la mano me acerqué a ella y le dije:
- Me has partido el corazón. Me debes un corazón.
Y, sin más, le clavé el cuchillo a la altura del pecho, allí donde ella escondía su deuda conmigo.
Las demás personas, como si el tiempo se hubiera detenido, quedaron pretificadas, instante que aproveché para salir corriendo. Corrí como no lo he hecho en toda mi vida, deprisa y sin descanso. No sabía a dónde dirigirme pero no quería parar y así, no sé si guiado por mi subconsciente, aparecí a las orillas de la vía del tren y me puse a reflexionar: “Si la he matado, mi vida carecerá de sentido. Si aún sigue viva, lo que es seguro es que ya nunca me amará y mi vida también carecerá de sentido. Decidido, el tren cumplirá con su cometido y me llevará de viaje a otro lugar”.
Dicho y hecho. Salté la valla que protegía la ciudad del monstruo viajero y le esperé como un torero a un toro, de frente y aunque con temor, sin miedo.
Pasaron tan sólo un par de minutos cuando vi a lo lejos dos luces que se me aproximaban. El final estaba cerca. “Lo tengo que hacer, no hay otra solución” me dije a mí mismo. Cada vez lo tenía más cerca. 200 metros. “Después de esto no habrá nada”, trataba de convencerme. 100 metros. “Para, deja al menos una carta”. 20 metros y...

...Aquí estoy, ni tan siquiera me dolió. No sé si Nadia murió o no, yo por aquí no la he visto. Estoy repasando lo que ha sido mi vida para poder vivir mejor la siguiente. Cuando mueres te traen aquí, a un lugar tranquilo donde te muestran lo que has hecho en tus años de existencia y te dejan recapacitar hasta que te dan otra oportunidad en una nueva vida a la cuál puedes llevarte tan sólo una de las conclusiones a las que hayas llegado con respecto a la anterior.
Yo ya sé la que me voy a llevar y os aconsejo que la aprovechéis vosotros en ésta en la que estáis. Cuando notéis que una extraña presión se os mete en la cabeza, que un invisible corsé os oprime el pecho, que un invisible terremoto os hace temblar las piernas y que un río, frío como el hielo, navega por vuestro cuerpo, desconfiad de ese momento y huid pues el amor, el amor que creemos verdadero, aquel que nunca se consigue y que nos hace sufrir y aunque puede que nos guste el camino que nos muestra también puede que nos lleve a un lugar equivocado.

Os lo digo yo, desde aquí, donde todo es tan claro.

21 julio 2007

IMPOTENCIA

Apagar un sentimiento de nostalgia bajo el engaño del vino, sumergirse en la ignorancia del pasado por un golpe en la cabeza, mirar al futuro con una venda en los ojos puesta, disfrutar dormido del presente, comenzar un libro recomendado repleto de páginas en blanco, acudir a una playa en la que la arena sepultó al mar, respirar hielo hasta que se colapse tu cerebro, imaginar atrocidades, alzar los brazos para coger lo que a medio metro de ti está y no alcanzarlo, quedarte sin cobertura emocional, mirarte a oscuras en un espejo, un encefalograma de respuestas plano, el diapasón que afina sentimientos descoordinado, una melodía recurrente a tus oídos distorsionada, el aroma de tu piel esfumándose en mi olvido. Impotencia.

17 julio 2007

ME GUSTAN LOS PROBLEMAS

Cada x tiempo, sin predeterminar, si estar decidido, porque sí, le hago una visita a "El corte inglés" para recordarles que ellos no siempre ponen el precio a todo, que a veces el precio a algo que me gusta lo pongo yo y decido que es... gratis. Esta tarde me he dado una vueltecilla por su santuario y en el espacio dedicado a la música (como a ellos les gusta decir) me he topado con "ETIQUETA NEGRA" de Ariel Rot, una caja con 3 cd's, un dvd y un libreto y al verlo he decidido que sería para mí. Pero a mi precio. Le he quitado la pegatina que dispararía todas las alarmas y he salido con 30 años de Rock & Roll de la mano. Para nada me considero un cleptómano, pero de vez en cuando mi alma de Robin Hood sale a flote y me apetece robar a un rico (jamás mangaría nada en una tienda normalita, pero Elcorte, carrofour,... me ponen).
Y por cierto, qué bien suena, auténtica etiqueta negra. Quien sabe cual será mi dulce condena...



Por cierto ¡¡qué canción!! Una de las más grandes escritas en nuestra lengua y una de esas canciones de las que no conozco a nadie que diga "pues a mí no me gusta" (aunque me temo que ahora empezará la peña a escribirlo aquí). Y cómo me identifico con las sabias palabras de su letra...
Cada vez que toco un poco fondo,
cada vez que el tiempo vuela,
un recuerdo (más que) pasajero.
otra ilusión que llega...
...No importa el problema, no importa la solución.
Me quedo con lo poco que queda, entero en el corazón.
ME GUSTAN LOS PROBLEMAS, no existe otra explicación.
Esta si es una dulce condena , una dulce rendición.

HIPERMNESIA

Hay muchas cosas que no me gustan de mí, pero no me preocupan, las acepto, me acepto. Hay otras que tampoco me gustan pero sí me preocupan e intento corregirlas o mejorarlas (aunque no siempre lo consigo). Y por fin hay una que no me gusta nada nada y que me veo incapaz de corregirla, porque creo que simplemente no se puede. Es la capacidad de acordarme de todo lo que me pasa y de todo lo que me dicen, es un exceso exagerado de memoria episódica (que lamentablemente no tiene su correlación con la semántica, que tan bien me habría venido para estudiar), una especia de hipermnesia. ¿Y porqué me desagrada esta parte de mí que a priori parece tan útil? Pues porque es insano recordar ciertas cosas o ciertas frases en ciertos momentos, porque esas cosas fueron vividas y esas frases fueron dichas en sus momentos pasados y no los momentos en los que las recuerdas. Y aunque a veces es ventajoso recordar tal o cual cosa, hay otras muchas veces que me gustaría ser aliado del olvido, porque tengo la sensación de que desde siempre, me olvidé de olvidar.

16 julio 2007

PENSEMOS UN POCO, PERO MUY POCO...

Pensemos en una persona normal, como nosotros, que viva con su vida "normal" en un país como, por ejemplo, Irak. ¿Con qué ilusiones de despertará cada día? ¿Con qué sueños? ¿Con qué ambiciones? ¿Tal vez simplemente se despierte cada día con la esperanza de volverse a acostar con su gente aún viva a su lado?
¿Qué nos parecería que alguien hoy decidiera que a partir de mañana nuestra única preocupación fuera seguir vivos? ¿Si alguien decidiera que a partir de mañana nuestro único sentimiento es el miedo?
Y mientras, ¿qué es de Bush, de Aznar, de Blair, de Berlusconi y de tantos y tantos hijos de puta viviendo la vida loca, con la conciencia tranquila y sin que nadie les pueda pedir explicaciones?

PERDIDOS

Alguien se encuentra perdido y me llama para ayudarle a encontrarse, alguien cree que pierde a alguien y acude a mí para que le ayude a encontrar a ese alguien que cree estar perdiendo, alguien tiene miedo a perder algo que lleva tiempo construyendo y me reclama para que le eche una mano para intentar no perderlo, alguien parece querer perderme y yo sólo quiero (y le animo a) que se encuentre a sí misma. Mientras, quien realmente está perdido soy yo. Y no sé por dónde buscarme.
Menos mal que siempre, sin saber cómo, supongo que ayudando a los demás a buscar, acabo encontrándome conmigo mismo.

10 julio 2007

PESADILLAS REPETIDAS

Tengo dos sueños que se repiten de manera más o menos periódica, convirtiéndose en pesadillas y que realmente son para mandarlos a tomar por el culo. Ambos tienen algo en común, el tener que repetir algo que ya hiciste con desagrado hace tiempo y creo (porque así me lo han contado muchas personas) que casi todos soñamos con algo así, con un pasado que nos persigue...
Uno de ellos es que aún tengo que terminar COU, la carrera la tengo ya finalizada, pero he de aprobar las asignaturas que me quedan de COU o sino no me dan el título de licenciado. Y me veo en un aula (en mi aula de COU del colegio) acompañado de gente mucho más joven, con un profesor que explica cosas que yo no entiendo para nada y no dejo de preguntarle que porqué he de aprobar todo eso si ya acabé la carrera .
El otro no sé si es peor aún. Me llega una carta que me dice que he de hacer la mili. ¡Pero si yo ya la he hecho! Y de repente ya estoy en el cuartel, vestido de camuflaje y a hacer de nuevo la puta mili. No dejo de insistir en que ya la hice hace años e incluso les enseño “la blanca” pero me dicen que hay que volverla a hacer, que es necesario y les digo que porqué antes de hacérnosla repetir a los que ya la sufrimos no se la hacen cumplir a quienes (incluso algunos sintiéndose muy patrióticos) hábilmente se escaquearon de ella o a las mujeres. Pero nada, otra vez al infierno.
Menos mal que ambas situaciones tan sólo son oníricas y cuando me despierto compruebo que forman parte de un pasado ya lejano, pero qué putas las paso mientras mi subconsciente las saca momentáneamente a la luz.

09 julio 2007

INEXPLICABLE

Recuerdo perfectamente una tarde de 1985, cuando en la tele vi a dos españolitos, mano a mano, robándole a un escoces de aspecto endeble, coleta y pendiente, la vuelta a España en una etapa por la sierra madrileña. Me pareció vergonzoso como con la aquiescencia de todo el pelotón Delgado, con la inestimable ayuda de Recio, le birló aquel trofeo a Robert Millar.
Y a que viene esto, pues viene a que me acabo de quedar de piedra, porque acabo de leer que al escocesito le tiraban tanto las faldas típicas de su país que ahora es... escocesita!!! Pero lo que más me sorprende no es que se haya cambiado de sexo (que sí me ha llamado la atención) sino que en la noticia leo que vive con su... noviA!!! Y me pregunto yo, ¿para qué alguien hetero se cambia de sexo? ¿Para ser homo? Yo no entiendo nada. ¿Alguien sí?

06 julio 2007

FRIENDS

Con mucho, con mucho con mucho, la mejor serie que he visto en mi vida ha sido Friends. Nada de ficción en la vida (ni peli, ni series, ni libro, ni nada) me ha hecho reír, llorar, sorprenderme, impacientarme,... más que Joey, Chaendler, Ross, Raechel, Monica y Phoebe. Llegaron a un punto en el que casi casi los llegué a considerar reales y “mis amigos” y comparaba situaciones de mi vida con las suyas. Incluso me llegué a considerar Friends-maniaco, tengo todas las etapas en dvd, habré visto de media de 7 veces cada episodio, me sé cientos de diálogos de memoria y cuando finalizó tuve la sensación de que una etapa de mi vida finalizaba con esa serie.
¿Y todo eso porqué? Porque eran geniales, eran chicos como yo, a los que les pasaban cosas como a mí, los personajes parecían reales y los actores perdieron su identidad para convertirse en sus personajes (y a más de uno le ha pesado como actor), porque los diálogos eran inteligentes y brillantes, los episodios dinámicos, las situaciones desternillantes, ridiculizando la realidad, porque si repasas un episodio descubres algo nuevo otra vez,... y por mil razones más.
Y como muestra dos botones, para que quienes son fans como yo se recreen de nuevo con ellos y para quienes no, al menos se rían unos minutillos.

1- TÍAS Y TÍOS CONTANDO LO MISMO:


2- JOEY EN ESTADO DE GRACIA:


Ah y por fin he podido re-enlazar el vídeo que youtube "perdió" en este post.

05 julio 2007

UNA VISITA AL TALLER

Ya hace meses hablé de lo doloroso que es ir al dentista, pero hay un lugar dónde es mucho más doloroso ir, al taller del coche a pasar la revisión.
Sabes que la tienes que pasar porque para eso te cuelgan una tarjetita en el mando de los intermitentes dónde te avisan de “dentro de 20000 kilómetros te vamos a volver a sablar”, pero luego cuando vas, la realidad supera con mucho lo que imaginas (que nunca es bueno). Porque para colmo, esos kilómetros que marcan cuando has de pasarla siempre se cumplen cuando más gastos o menos ingresos tienes o cuando esperabas darte un capricho que... ya no te puedes dar.
Para empezar, nada más llegar te dicen que te van a cambiar los filtros del aceite, del gasoil, del polen, de... vamos que te dan ganas de preguntar si no te van a cambiar también el filtro de la cafetera o del aspirador que ya puestos, y aunque tú tienes el leve recuerdo de que la última vez que estuviste allí te cambiaron todos esos filtros, al final siempre te los cambian (y te los cobran claro).
El caso es que te marchas dejando tu cochecito pensando que no vas a poder llevártelo luego porque vas a tenerlo que dejar como pago a la ostia que te van a meter y te dicen que vuelvas dentro de una hora y media, más o menos. A la hora y media regresas, pero por supuesto el coche no está listo y ahí empieza la diversión. Al entrar te recibe el mecánico, con más grasa en la cara que en las manos (que piensas si ha estado revisando el coche o enrollándose con él) y te va contando cositas a las que tú sólo pones cara de gilipollas mientras te surgen respuestas de los más ingeniosas que no llegas a verbalizar mientras haces los números correspondientes “las pastillas de freno de atrás están a punto de gastarse y si no los cambias rápido se podrían estropear los discos” (“y a mí qué cojones me importa, si yo lo que llevo son cds” eso deben ser unos 200 euros), “las ruedas delanteras se han quedado sin dibujo”, ("sin dibujo sin dibujo, que no, que el mío es el xsara normal, que el del dibujo es el xsara picasso...” y 300 euros más), “los amortiguadores están rotos” (“bueno, eso no importa, tengo unas vértebras muy flexibles y resistentes pa los baches” puf, otros 300 euros, más la mano de obra claro) y así otras 15 cosas más, que la verdad es que no entiendes cómo has podido llegar al taller con lo destartalado que supuestamente tienes el coche.
Bueno el caso es que acojonado te diriges a la oficina donde la chavalita de la conversación intrascendente (“parece que hoy hace mejor ¿no?") te saca la navaja, te la pone al cuello y te dice "esto es un atraco", eso sí, con amabilidad y recordándote el 25% de descuento que te hacen por ser cliente habitual y te da día y hora para cambiarte las pastillas de freno, las ruedas, el amortiguador,... y en ese momento es cuando piensas “¿y si me compro una bicicleta y de paso comienzo a hacer ejercicio?

03 julio 2007

MACABRO

No sé porqué de siempre me ha atraído el tema de la muerte. Me gusta pensar sobre ella de vez en cuando, no rehuyo conversación en que sea el tema principal e incluso le dediqué un libro de cuentos entero. Pero no sé porqué, desde hace unos días, lo estoy dando vueltas con insistencia otra vez.
Me produce sentimientos de todo tipo. Mucha incertidumbre por saber que habrá tras ella, si es que hay algo. Mucha angustia al imaginar que será el no volver a ver a alguien que se quiere mucho. Mucho miedo a mí mismo al no saber cómo reaccionaré si algún día pierdo a alguien. Mucha rabia cuando pienso que no habrá nada de nada y no soy capaz de comprender qué es la nada (como no sé entender qué es el infinito). Y un toque macabro difícil de explicar, aunque voy a intentarlo. Voy a intentar explicar un pensamiento, de esos que nunca cuentas a nadie, pero que yo creo que todos tenemos alguna vez en la vida y nunca nos atrevemos a contar (aunque a lo mejor no es así y simplemente yo tengo pensamientos tan tétricos). Hoy me apetece sacar ese pensamiento afuera de mí, quitármelo de encima...
...Más de una vez en mi vida he pensado en mi propia muerte y me he imaginado en mi propio entierro y llevo unos días con ese pensamiento en la cabeza. No son ganas de morir ni nada por estilo, es simplemente imaginar cómo sería ese día si por ejemplo tuviera un accidente de coche. Pensar en cómo se enteraría la gente de la noticia, y cuántos días o meses pasarían hasta que alguien con quien ya no tenga ahora relación (o viva lejos) lo supiera. Pensar quién iría al tanatorio y quién no. Pensar en cómo cada persona expresaría su sentimiento. Pensar en cómo te recordaría la gente. Pensar en los posibles vacíos que tu vida podría dejar en otros. Pensar en cómo transcurriría la vida de ciertas personas desde que tú no estás. E incluso pensar en cómo influiría mi fallecimiento en la vida de personas que aún no conozco pero que antes o después aparecerán.
No sé, sé que lo que acabo de contar es un tanto macabro e incluso un tema tabú para mucha gente, pero yo lo tengo de vez en cuando y como llevo unos días con ello dentro, quería sacarlo, expulsarlo de mí. Y quería añadir que lo más curioso de todo, es que no me produce ningún tipo de sentimiento, lo pienso con frialdad y con frialdad lo olvido.
Será que sé que mi momento aún no ha llegado.