Salió tarde de casa, tenía cita a las ocho y media de la tarde y tan sólo quedaban diez minutos para que se cumplieran y una ciudad entera que atravesar. Sabía que era su última oportunidad y que no podía desperdiciarla, si no llegaba a tiempo o si no era capaz de finiquitarlo ese día jamás volvería a tener la ocasión que tanto tiempo llevaba esperando. Montó en su deportivo negro y al mirar el reloj entendió que para ello todas las luces de los semáforos serían de color verde y que la palabra stop de las señales sería un anglicismo que no entendería…
...Ciento ochenta segundos después, había dejado atrás cuatro semáforos en
rojo, seis señales de ceda el paso invisibles y al menos una decena de
conductores cabreados. Una única idea rondaba su mente en forma de retrato.
Solamente la cara que preside aquella foto se paseaba ante sus ojos. El caos
de la ciudad era insignificante. Llegaría a su destino como lo había hecho
cientos de veces: sin tener ni idea de cómo ni por dónde.
Sólo habían pasado seis años de aquellos dieciocho. Seis años, siete meses y
once días de aquella noche. La noche del primer sentimiento, de la primera
penetración a Paula, de aquellos jadeos incontrolables...la noche en la que
el destino creó a Nicolás.
Y él había decidido llamarlo destino en lugar de error, porque ninguno de
los dos lo buscaba. Y él la amaba, pero era muy joven para hipotecar su
vida...o al menos eso le había dicho su madre en aquel momento.
Pero Nicolás aparecía en sus estados de duermevela. Si lo hacía de forma
consciente, otro pensamiento se manifestaba en décimas de segundo para
taparlo. Pero lo malo del subconsciente es que no hay modo de controlarlo.
El instinto le hacía imposible olvidar.
Y Paula decidió dar carpetazo y ser una familia de dos. No necesitaba a
nadie que le ayudara a manejar su vida. Así que el único remedio que le
quedó fue seguirles allá donde iban. Y buscar una instantánea para tener una
imagen de Nicolás...
Demasiadas visitas a aquel hospital. Sensaciones punzantes de intranquilidad
en su deportivo negro. Toneladas de preguntas sin respuesta...
Un linfoma. Con seis años iba a morir. Los padres de Paula pusieron fin a su
incertidumbre. Aquello que el destino entre sudores había creado se
esfumaría en seis meses. Y él ni siquiera había tenido el valor de querer
disfrutarlo. Y ya era tarde.
Finalmente Paula le había dejado verle antes de irse a su casa de campo.
Sólo quería despedirse del ser que en el fondo nunca había sido suyo.
A las ocho y veintinueve minutos, Paula y Nicolás le esperaban en el andén
de la estación.
- ¿ Y tú quién eres? - preguntó Nicolás cuando acertó a ponerse frente a
ellos.
- Soy una persona que quiere regalarte algo - respondió con firmeza.
Y le entregó aquel madelman con el que tanto había jugado de pequeño.
- Gracias - dijo el niño mirándolo a los ojos. - Mamá, ¿ me lo puedo
quedar?.
Paula asintió entre sollozos, cogió al niño en brazos y subieron al tren sin
mirar atrás.
31 enero 2007
EL CUENTO DE ELENA
SIN RETORNO
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