Salió tarde de casa, tenía cita a las ocho y media de la tarde y tan sólo quedaban diez minutos para que se cumplieran y una ciudad entera que atravesar. Sabía que era su última oportunidad y que no podía desperdiciarla, si no llegaba a tiempo o si no era capaz de finiquitarlo ese día jamás volvería a tener la ocasión que tanto tiempo llevaba esperando. Montó en su deportivo negro y al mirar el reloj entendió que para ello todas las luces de los semáforos serían de color verde y que la palabra stop de las señales sería un anglicismo que no entendería…
...Nacho dio la vuelta a la llave de contacto y el coche rugió agradecido. Llevaba tiempo sin ir a trabajar y en la empresa le habían dado un toque muy serio, no era la primera vez que fallaba, pero si no se daba prisa seguro que sería la última. Así que pisó a fondo el acelerador y los 200 caballos de su flamante deportivo entraron en acción. No podía faltar esta vez.
La cita era en un exclusivo Hotel de reciente construcción situado a unos pocos kilómetros de la ciudad. Era donde se decía que Hristo Fulans, el flamante fichaje del equipo de fútbol local llevaba a sus conquistas,..., de tal manera que sin tardanza consultó el GPS y condujo por calles poco concurridas donde el tráfico era menos espeso.
Mientras acariciaba el volante de cuero negro pasó revista a su situación y suspiró.
- Dios se ha portado bien contigo, cabronazo, le había su amigo Charli hacía unos minutos cuando terminaban su cerveza.
Él se había reído consciente de que era verdad. Su horita diaria en el gimnasio, 185 cm. de estatura y unos ojos verdes que sabían muy bien donde, pero sobre todo, como mirar, hacían que su teléfono sonara muchas, demasiadas hubiera dicho él, veces al día. Había terminado hace unos años su carrera de Económicas con unas notas tan impresionantes que pocos de sus profesores albergaban dudas con respecto a su futuro, no eran pocos los que en unos años veían en él a un importante ejecutivo financiero, que seguro daría que hablar. No obstante la vida…
- Piiiiiiiiiiiiiiiiiiii, el sonido del claxon del coche que estaba detrás de él hizo que saliera repentinamente de sus ensoñaciones. El semáforo hacía rato que ya estaba en verde.
Miró por el retrovisor y cuando sus ojos se encontraron con los de la chica del turismo situado detrás de él, observó su gesto de disgusto por la tardanza. Sonrió. Su sonrisa hizo que la chica se fijara en él y cambiara súbitamente su expresión. Del enfado por la demora pasó a una mueca nerviosa y luego a una tímida sonrisa. Nacho volvió a sonreír. No era sólo su coche el que provocaba esas sensaciones. Su sonrisa de lobo, de chico malo, tenía mucho que ver.
Metió la primera sin prisa, mientras la chica no abandonaba su sonrisita bobalicona y salió de allí.
Miró el reloj y la hora ya estaba cumplida. ¡No pasa nada! pensó para sí. ¡Qué esperen! Esas brujas me esperaran todo lo que sea necesario. No le gustaba demasiado hacerse esperar, pero como no anduviese con cuidado se iba a encontrar con que no tendría con que alimentar los 200 CV. de su coche y con que pagar el alquiler de ese apartamento situado en una de las mejoras zonas de la ciudad.
En 5 minutos detenía su flamante buga justo en la puerta del hotel, donde un aparcacoches se apresuró a cogerle las llaves. Pasó revista a su atuendo, se ajustó la pajarita. Maldita sea, no se acostumbraba a la dichosa pajarita. Era ridícula pensó él, pero era un toque de glamour en su trabajo. Respiró hondo y entró en el Hotel.
- Buenas tardes. Soy el Sr. Santos. Nacho Santos. Me están esperando.
- La recepcionista le miró abobada. ¿Eh? Ah, sí señor Santos. Habitación 305.
Entró en la cabina y el botones pulsó el número 3.
Salió del ascensor y caminó con paso firme hasta la 305. Respiró hondo otra vez y llamó. La puerta se abrió.
- Hola soy Nacho. ¿Puedo pasar?
Detrás de la puerta estaba el estereotipo de la ejecutiva que tantas y tantas veces había conocido por su trabajo, dícese, rubia de bote (o rubia frita, como hubiera dicho entre carcajadas Charli), vestido de marca y con un generoso escote que hacía que la imaginación no tuviera que esforzarse demasiado en imaginar.
- Claro Nachete, …, pasa, pasa, te estábamos esperando.
Cuando entró en la suite el resto de las señoras le miraron de esa manera que él tan bien conocía y a la que tan acostumbrado estaba.
- Buenas señoras. ¿Empezamos?
La rubia madurita cerró la puerta, se encaminó hacia el aparato de DVD y cuando pulsó la tecla del Play, la música del “You Can Leave Your Hat On” tronó en la habitación.
Nacho dio comienzo. Por supuesto y como mandan los cánones, comenzó a desanudar su pajarita, después ya se quitaría todo lo demás…