06 marzo 2009

HOY VIERNES GIRAMOS CON... VACCEO


CUENTO DE OTOÑO (Y UNA BAYA DE GARNACHA)


En ocasiones la vida nos sitúa en una bifurcación y ante la necesidad de escoger uno de los dos caminos que nos presenta no olvidamos el oscuro deseo de visualizar en algún momento de nuestra tortuosa existencia los derroteros que la otra opción nos hubiera deparado, aunque tengamos que recorrer, durante algún instante, la escabrosa maleza que separa las dos vías.
Así es la historia de Claudia y Marcos, o al menos así la recuerdo y como tal me la contaron. Una historia cotidiana, que pasó desapercibida para los observadores exógenos, pero que marcó la vida de sus protagonistas de una manera ambigua; porque la felicidad y el dolor pueden presentarse de pronto para quedarse, aunque sólo se alimenten del recuerdo. Y permitidme que utilice el tiempo presente porque, como ocurre en los mejores vinos, las historias siguen vivas aunque el tiempo transcurra y realidad e ilusión terminen por confundirse.
Marcos eligió el lugar, la tristeza de aquel vetusto local le agradaba, áspero como la garnacha, nunca se reconoció en la dulce esencia de la uva moscatel o en la agridulce frescura de la variedad verdejo. Durante ese día los recuerdos recreaban con intensidad creciente la lección de una tarde otoñal, como entonces monotonía, lluvia en los cristales, velada luz del ocaso y cierto regusto amargo que evocaba el tiempo pasado.
Ante él su querida amiga acurrucada en un rincón, Claudia nunca fue bella, sus ojos habían sufrido el paso de los años y sobre todo el abuso de una sonrisa que regalaba sin usura, sin embargo, la segunda copa del excelente priorato que compartían les transfería un brillo felino que a ella la vida no había conseguido arrebatar. Marcos nunca era tanto él como a su lado, sus esencias conciliaban como la sinergia del mejor coupage, aún en la distancia siempre había sabido que ella estaba allí, esperándole; sin saber muy bien como, aquellos ojos que escudriñaban los suyos le confortaban de una manera cálida.

La tenue felicidad que poco a poco había ido acomodando su cerebro ligeramente confundido empezó a entrelazarse con un sentimiento de melancolía creciente consecuencia de la certidumbre de lo efímero, sabía que el momento de ellos había pasado, y sólo la perspectiva que otorga la distancia le permitía valorar la magnitud de su error, recordaba que en su día se vieron frente a la tesitura de elegir entre la seguridad y el riesgo, que la felicidad es el reverso del dolor, y que no tuvieron el valor de huir hacia el abismo, o hacia las estrellas.

La conversación se fue haciendo más fluida e iba bordeando los aspectos más íntimos de su vida pasada, Claudia era cautelosa, y acostumbraba a mantener una posición plana y diplomática en situaciones análogas, sin embargo, la inevitable influencia de la bebida fermentada le tornaba paulatinamente imprudente: primero apareció el trasfondo de seducción, hasta que, embarcados en un péndulo que ya no controlaban, llegó el turno de los reproches, aún sabedora de que en tales circunstancias nunca nadie sale indemne; Marcos respondía con una mirada triste, como la de un San Bernardo bondadoso, sabía que tras la censura sólo había una autoinculpación, pero ya no había nada que hacer. Súbitamente descubrió una sonrisa ligeramente maliciosa en el rostro de Claudia, de niña traviesa, que a él le sorprendió sobremanera, desconocía ese registro en el previsible rostro de su adorada amiga, y escuchó, estupefacto, un quédate que fue como un golpe en el silencio.

Esa sonrisa, como la calma que antecede a la tormenta, sólo fue la antesala de dos cuerpos precipitándose el uno sobre el otro. Como dos placas tectónicas que durante centurias acumulan su fuerza hercúlea para desahogarse de manera caótica en una exhibición cruel de un segundo así sus cuerpos se juntaron como si fuera la última vez, porque era la última vez. Tras el abrazo profundo sus miradas se encontraron en un instante eterno, él levantó levemente su mano derecha en un gesto que significaba una excusa y un deseo interrumpido, sin embargo sus ojos reflejaban una invitación a liberarle de una prisión de la que no quería escapar, de la que no podía escapar; ella por toda respuesta acertó a balbucear “porque no puede ser”.

“Porque no puede ser” resonaba en su interior con la pulsión creciente que provocaba el mágico elixir, porque ella nunca se atrevería a rebasar las barreras de lo establecido, porque no podía ser aunque esa noche pudiera ser toda la noche, porque no sabían nadar contra corriente, al fin la tuvo entre sus brazos pero no podía ser, además él sabía que ella tenía razón. Sabía que no iban a volver a verse, que la solución que ella encontraría cuando volviera a ser ella sería alejarse, y que era lo mejor, aunque ahora fuera más ella de lo que nunca había sido.

Sus vidas siguen; la soledad continúa siendo la fiel compañía de Marcos, amparado tan sólo por sus pinceles, sus óleos y sus lienzos, o por la música de los clásicos; aferrado a un recuerdo que cada día se aleja y crece. Las tardes lluviosas, cerca de su estudio, comparte sus reflexiones con una copa de vino, rememorando una vida que ya no es para él, y recuerda que durante un segundo (¿o fueron minutos?), Baco y las crueles Moiras se divirtieron dejando al descubierto los hilos que no le habían destinado.

9 comentarios:

Rapajic dijo...

Un relato brillante, que huele a tierra, humedad y melancolía. Muchísimas gracas Vacceo, me ha encantado.

Anónimo dijo...

café compás

Anónimo dijo...

Un cuento muy bonito pero un poco triste. me ha gustado

Anónimo dijo...

Bonito relato. La voz del autor se adapta muy bien a la melancolia de la historia. Me ha gustado mucho el paralelismo entre los tipos de uva o vino con los estados anímicos de los personajes.

vacceo dijo...

Gracias por vuestros comentarios y especialmente gracias a F.A por la posibilidad de ocupar un lugar protagonista en su blog.

Respecto al fondo de los mismos sí deciros que no creo que la historia sea excesivamente triste, o al menos ni más ni menos triste que cualquier situación cotidiana. La frustración cuando el placer termina puede provocar dolor pero eso dolor es parte de la felicidad vivida, sólo podemos elegir entre la seguridad y el riesgo.

Por último sólo quería deciros que es la primera vez en mi vida que escribo un relato, no soy tan pretencioso de creer que puedo presentarme en un concurso literario, y que por supuesto el cuento es exclusivo para este blog.

Un fuerte abrazo para todos.

Rapajic dijo...

Vacceo, ya que es la primera vez que escribes un cuento, un único y simple consejo (que a su vez me dio a mí un amigo común cuando empecé yo a escribir relatos): no des porqués o explicaciones a los demás sobre tus relatos, si gustan bien, si no, bien también, pero no los justifiques, son tus historias y así las creaste para ser leídas. Y punto.

Anónimo dijo...

Escribimos para saber que no estamos solos.

Anónimo dijo...

Bella historia con elementos que asumo como propios,(con permiso del autor, que en algunos casos me puso sobre su pista).El Otoño, Tierras de Penumbra, el vino, lo que pudo ser y no fue, el dolor y la felicidad como dos caras de la misma moneda,(de nuevo Tierras de Penumbra). Como me pediste que fuera crítico te pondré un pero:algun epíteto te sobra,(aprecio por virtuosas la sencillez y la capacidad de síntesis)y más aún cuando escribimos o leemos para ssaber que no estamos solos.
En fin, el cuento una vez leido con detenimiento me ha sonado de alguna menera autobiográfico, más que biográfico y me ha recordado alguna de las cosas buenas sobre las que algún día me iniciaste.
Un abrazo amigo.

Anónimo dijo...

Por aclarar el primer párrafo de mi anterior entrada.Cuando digo "asumo como propios", me refiero a intereses que comparto con el autor,-en ningún caso propios significa originariamente míos. En todo caso como a continuación explico algunos de ellos fueron aprendidos de él, o o por lo menos el me puso sobre la pista.