Me desperté y todo el mundo me estaba mirando fijamente. No estaba en el lugar dónde me había dormido sino en otro bien distinto, yo había comenzado mi siesta en mi habitación, en mi lecho y al despertarme me encontraba en una sala desconocida del todo para mí con varias personas mirándome con atención, como observándome. Al abrir los ojos me asusté, pero tan sólo hice una pequeña mueca de sorpresa, en ese momento, al intentar moverme, no sólo me di cuenta de que me hallaba en una habitación que desconocía por completo, sino que además me encontraba atado en una silla. Con ello, mi mueca de sorpresa comenzó a tornarse a asustadiza al tiempo que las personas que no dejaban de examinarme hablaban entre ellas y parecían quererme decir cosas que yo no lograba entender, hablaban un idioma muy extraño y totalmente ininteligible para mí, aunque eso sí, parecían amistosas. Aún así y aún notando ellos que yo no entendía nada de lo que me decían no dejaban de comtemplarme y de hacerme extrañas preguntas acompañadas de aún más extraños gestos. En ese momento no pude resistir más la presión y rompí a llorar, rompí a llorar desconsoladamente.
Y es que cuando sólo tienes 3 meses de edad el único recurso del que dispones para que te entiendan es el llanto...
2 comentarios:
Pero por qué no mandas uno de estos 'guiones' a Mateo Gil o a Amenabar? Lo extiendes un poco y le das un poco de bola novelística y ya está. Ha sido breve pero genial el relato.(supongo que te ha inspirado Ariel jeje)
Estoy de acuerdo con Chechu. Tú que eres aventurero deberías probar.
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