16 marzo 2007

EN UN HOTEL DE MIL ESTRELLAS

Cuando nacemos nos ponen en el comienzo de un aparente infinito pasillo (aparente porque creo que todos asumimos que es finito) en curva (para que no podamos ver mucho más allá) de un hotel del que a un lado y otro asoman innumerables puertas para acceder al mismo número incontable de habitaciones.
Muchas de estas puertas están cerradas con seguro y por mucho que nos empeñemos en abrirlas jamás lo conseguiremos aunque por momentos nos parezca que la cerradura cede pues sólo aquellos que conocen la combinación de la cerradura tienen acceso a ellas. Estas son “puertas trampa” que para lo único que sirven es para hacernos perder tiempo y hacernos sentir un poco inútiles.
Después están las puertas que están cerradas pero se pueden abrir. Unas tienen una manilla que nos indica la manera de abrirlas, otras no y hay que ser algo ingenioso para lograr que se rindan a nuestros deseos de abrirlas. Es posible que nos lleve un tiempo lograrlo y cuando lo conseguimos, valoramos el interior de la misma en función del tiempo invertido y no del real valor de lo que hay dentro.
Las hay que están semi abiertas y si te asomas un poco ves lo que guardan. Éstas son las más peligrosas por mentirosas, pues al mirar con la rendija que dejan tan sólo ves una parte y no el todo de la habitación y podernos sentirnos tentados a entrar si lo que intuimos dentro nos agrada para sentirnos estafados por la vista parcial o podemos decidir pasar olímpicamente de la habitación porque lo que brevemente hemos percibido no nos agrada en exceso cuando en realidad un tesoro se encuentra en su interior.
Y por último están las que se muestran de par en par para que directamente y sin ningún tipo de esfuerzo podamos acceder a la sala. Éstas no nos engañan, son como son y como las vemos y nos dan la oportunidad de elegir quedarnos en su interior o no, sin engaño alguno, más que el que queramos nosotros hacernos tratando de cambiar el decorado de la misma por más que en la misma puerta hayamos leído un cartel que de manera muy clara avisa: “Prohibido cambiar nada”.
Algunas habitaciones están unidas por pasadizos secretos con otras pero todo el pasillo, con sus puertas y sus habitaciones tiene una regla común, no se puede retroceder e ir hacia atrás pues eso lleva algún castigo asociado.
Existen numerosos tipos de habitaciones. Las hay de relax, de pena, de paso, de placer, de sacrificio, de lujuria, de descanso, confortables, inhabitables, divertidas, dolorosas,… vamos que es un hotel con todo tipo de actividades suplementarias sin cargo alguno en la factura.
Puedes entrar en las que quieras (y puedas o te permitan pasar) y quedarte un ratinín de nada, un tiempo largo o un periodo importante de tu vida, ahora bien, a mí lo que más me gusta de este pasillo es que la mayoría de las veces, aunque pensemos que no es así, somos nosotros mismos quienes decidimos que puertas abrir y en qué habitaciones quedarnos y cuales no, pues cuando nos ponen en el comienzo de este (in)finito pasillo curvo lo que en realidad hacen es invitarnos a un juego de toma de decisiones continuo en el que la tarifa por noche en cada habitación eres… ¡tú mismo!

¿Qué puertas decidirás a partir de ahora abrir?


7 comentarios:

Anónimo dijo...

Pues definitivamente esa fiebre te ha traido la inspiración q algunos no supimos darte, pq estos días disfruto cada vez q abro el periódico, y sobretodo pq me hace pensar, q no es muy habitual en mí.
Yo abriré todas las puertas a ver q pasa, aunq luego tenga que cerrarlas de un portazo o me las cierren a mí.

Chechu dijo...

Yo creo que todas las puertas las puedes abrir. Eso si el tiempo que puedes perder puede ser valioso pero yo se de gente (no yo) que fue paciente y acabó abriendo la unica habitación que le interesaba. Por eso creo que los huéspedes del hotel son de dos clases, los que tienen claro cual es la única habitación que quieren y los que les interesaría saber que hay detrás de todas.

Chechu dijo...

Yo estoy entre los de la segunda clase.Que se me había olvidado.

Anónimo dijo...

Lamentablemente yo entraría sólo en aquellas habitaciones que me supusiese muy poco esfuerzo abrir, y me quedaría muy poco tiempo en ellas. Miraría al principio la nueva habitación con gran ilusión, y unos pocos minutos después la cerraría decepcionado.
No creo que ninguna habitación me gustase lo suficiente como para quedarme en ella.

Tot dijo...

Realmente piensas que no hay cargo añadido? Yo creo que si... creo que hay umbrales que tienen precio. Eso sí, creo que el precio vale la pena.

Sigue con tu fiebre!! Me encanta!

maite dijo...

yo he decidido abrir ventanas renovadoras...anda haz un clic y ves mi ventanita cuando quieras!!!
un beso

FrAn dijo...

Hay puertas que cruzo con descaro y otras a las que me resisto a entrar. Y entre puerta y puerta pienso que me paso demasiado tiempo en el pasillo...

Una metáfora preciosa de la existencia humana. Saludos.