11 noviembre 2006

LORENA

Hay personas a las que por muchos años que vivas jamás podrás olvidar. Unas de esas personas a las que yo jamás podré olvidar es a Lorena. Lorena me enseñó lo que es disfrutar plenamente del sexo. Nunca con nadie he disfrutado tanto ni creo que nunca con nadie pueda hacerlo de la manera que con ella lo hacía. No era especialmente guapa pero tenía todos los ingredientes para lograr que tu cerebro dejara de pensar y tus instintos más primitivos gobernaran todos tus actos. Tenía un cuerpo repleto de curvas, una boca prominente y un continuo olor a sexo que anulaba el resto de tus sentidos. Era provocadora, morbosa, curiosa, desinhibida, inquieta, sexual,... y nunca decía que no a nada. Con ella aprendí que el disfrute en la cama (o donde surgiera) no procede exclusivamente de uno mismo sino también del disfrute del otro. Con ella el goce no tenía límites y no se ceñía exclusivamente a dos sino que siempre eran bienvenidas otras personas que tuvieran muy claro de lo que se trataba... momentos de placer máximo sin más ataduras ni preocupaciones que el momento presente y el cuerpo propio y de los demás. Con ella pasé veladas que muchas personas jamás han llegado ni a imaginar y recreé escenas por las que un director de una peli porno pagaría dinero por grabar.

Ayer me la encontré por la calle, hacía años que no la veía. Me estuvo contando que su vida había cambiado mucho, que se había estabilizado, que había adquirido un compromiso y que todo lo que experimentó en el pasado se había guardado con llave en un baúl de viejos recuerdos que ya nunca abría. Que quienes compartían ahora su vida no sabían nada de su pasado y que era mejor que así fuera. Que un acontecimiento del pasado la marcó de tal manera que decidió estabilizarse y rechazar su leit motiv vital y cambiarlo por otro completamente opuesto aunque no quiso contarme que fue eso que pasó que la hizo dar ese giro radical. No sé, la noté muy sensata, muy equilibrada, muy tranquila,... muy cambiada. Sabía que era la misma persona pero me parecía otra. Era el mismo rostro, el mismo cuerpo, pero la expresión de su alma era distinta. Y no era sólo lo que me contaba y su manera de expresarlo lo que me hacía no reconocer a la antigua ninfómana en las facciones de esa mujer no, también lo era su manera de vestir, su vestimenta. He de reconocer que me chocó mucho verla con hábitos de monja...

2 comentarios:

Anónimo dijo...

esta es otra historia como la de la chica del bar, no es propia.

Te sabes el cuento de los tres cerditos... Además contar esta historia en primera persona no es propio de ti

deniman dijo...

Insuficiente