No fueron sus coletas trenzadas cayendo sobre sus hombros, ni sus medias justo por debajo de las rodillas dejando éstas al aire bajo el vuelo de sus faldas en otoño y primavera, ni su desafiante y morbosa manera de mascar chicle en clase o de atreverse a exprimir un chupa-chups a lametones en mitad de las lecciones, ni que llevara desabrochados en clase los dos primeros botones de las camisas del uniforme dejándome entrever sus blancos sostenes, ni su estilo de llevar abrazada contra el pecho la carpeta adornada con un collage de fotos de Orlando Bloom, Justin Tenberlake y Robert Pattinson, ni tan siquiera su flirteo con los compañeros en los descansos de las clases ignorándose observada por mí. No. Fue su manera de despedirse a diario la que provocó que haya arruinado mi futuro. Fue el girar de su cabeza mientras atravesaba la puerta y todos ya habían salido lo que me perdió. Fue su malévola y provocadora sonrisa la que me nubló la razón. Fueron sus ocasionales guiños de ojo los que turbaron mi juicio. Definitivamente fue su manera de casi susurrar "adiosss" la que, un nefasto día de Junio, a punto de finalizar ya el curso, hizo que me atreviera a lo que siempre había soñado, a que osara decirle lo que había imaginado durante meses, a que de mi boca salieran las palabras que tan sólo tendrían que haber retumbado en mi interior, a que mi silencio tornara tormento y de mis labios se escapara un "Laura, ¿puedes quedarte un momento? Quiero hablar contigo".
Era mi primer año en ese colegio. Un colegio privado de orientación cristiana regentado durante décadas por monjas que siempre había sido femenino y que hacía unos pocos años habían convertido en mixto. Yo había sido contratado para impartir Ciencias Sociales en 3º de la ESO y Sociales, Geografía e Historia en 4º. No era lo que mi currículo y experiencia se merecían pero era una gran ayuda en el comienzo a una nueva vida. Tras mi ruptura matrimonial había regresado a la ciudad que me crio y un buen amigo me contactó con la directora del colegio. Las reglas del centro eran muy estrictas para los alumnos, aspecto que a mí me creó ciertas dudas acerca de mi proceder para con ellos, pues siempre me he considerado una persona bastante liberal y que cree que a través de la libertad individual se llega mejor al conocimiento, pero con el tiempo pude comprobar como esas férreas normas ayudaban a que las clases fueran más fluidas y ordenadas, pues todos los alumnos las cumplían a rajatabla ante las posibles consecuencias de su incumplimiento. De esta manera no me costó demasiado hacerme con los grupos y lo tenía prácticamente todo controlado. Bueno, todo menos a Laura. Ella (no sé si con el resto de profesores haría igual) retaba mi poder a diario. Y a diario me ganaba. Me buscaba y me encontraba. Me sacaba el capote y yo embestía. Era una desigual lucha de egos en la que tan sólo yo tenía que perder. Era un juego privado con 28 espectadores ignorantes del espectáculo. Nadie se percataba de nada y, tal vez por ello, nosotros no parábamos. Todo comenzaba al entrar yo por la puerta y terminaba al sonar el timbre que marcaba el final de la clase. Sólo había una prórroga, una prórroga en la cual, ella sin saberlo (o tal vez sí) siempre me marcaba un gol más. Era su dulce "adiosss" al salir por la puerta para irse a casa lo que me hacía sentir siempre derrotado. Aún así, por mi parte, siempre me lo tomé como lo que creía que era, una divertida guerra entre un adulto y una adolescente, convencido de que jamás se resolvería la batalla final y que, de producirse, saldría indemne de ella. Cierto es que fantaseaba con ella cuando estaba a solas en mi casa, pero ahí creía yo se quedarían atrapados mis deseos, entre mis dedos.
Así, cuando un maldito día de Junio la supervisora de la ESO entró a mediodía en el aula, en una clase supuestamente vacía y vio a una de sus alumnas más brillantes sentada sobre el último pupitre, con uno de sus incipientes pechos siendo devorado por el hambre de un hombre maduro, las piernas con sus medias por las rodillas abrazando la cadera de su profesor y sus braguitas de algodón blancas tiradas en el suelo, el grito de la religiosa me despertó de mi hechizo y tiño de negro mi futuro. Y no es que me importará que me expulsaran, como me expulsaron, del colegio. Y no es que me importara cerrarme, como me cerré, las puertas de la docencia para el resto de mi vida. Y no es que me importara acabar, como acabé, en la cárcel. No, es que ese grito repleto de ira de aquella bruja me hizo comprender que ya nunca jugaría a nada más con Laura. Y eso sí me atormentaba.
10 febrero 2009
LAURA
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5 comentarios:
Pero que guarrete,jijiji. me ha encantado
F.A, me parece fatal que en unos momentos en que se esta intentando sensibilizar a la poblacion sobre los delitos de pedofilia, hagas un relato frivolizando sobre el tema.
Bastante manido el tema no, F.A.? Hay un monton de "peliculas de autor" con este mismo guión........
Sefo, la pedofilia es la atracción por los niños, no la comisión de actos sexuales con ellos (que es la pederastia y eso sí es delito).
Además si es una tía de 4º de la ESO y estaban en junio necesariamente tiene, al menos, 16 años, por encima de la edad de consentimiento sexual en España por lo que no es pederastia.
Si acabó en la cárcel es porque el canibalismo (recordemos que devoró un pecho de la cría) y la necrofilia sí son delitos: y entre el "¿puedes quedarte?" y el acto sexual, el prota asesinó a la niña, aunque F.A. no nos lo cuenta.
Deberíamos darle gracias a por habernos ahorrado esos detalles escabrosos, propios del "Silencio de los corderos". Es más, lo voy a hacer: gracias, F.A..
Sugerente relato, de un erotismo formalmente contenido, que es la clave del éxito de cualquier relato erótico. Me ha gustado mucho.
Sefo, decía Wilde que no hay libros morales o amorales, solo bien o mal escritos. No me parece ésta la ocsión de mostrar escrúpulos pedofílicos.
Clementine,¡cuántas cosas -manidas y remanidas- están aún a la espera de que alguien acierte a resolverlas! Había 1.000 leyendas donjuanescas antes de Zorrila, pero tuvo que llegar él para que el Tenorio fuera el Tenorio...
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