06 febrero 2009

HOY VIERNES GIRAMOS CON... CLEBARR

LAMELIA

Como en los cuentos, esta historia podría comenzarla diciendo que al Yeti lo conocí hace muuuuuuchos años, en un pueblo muy, pero que muy lejano. El Yeti es uno de esos amigos que conocí siendo un mico de pantalones cortos y heridas en las rodillas, un amigo con el que pasé los meses de verano de mi adolescencia y con quién ahora de mayores, siempre hacemos por vernos, para que con el resto de los amiguetes del pueblo nos reunamos para comernos un lechacito, cogernos una castaña del 12 y recordemos los viejos tiempos. Esos tiempos en los que la quiosquera amenazó con ir con el cuento a nuestras madres por querer comprar la revista “Culos calientes”, esos tiempos en los que nos íbamos hasta las tapias del cementerio para contar historias de miedo y por supuesto, de la noche de nuestro “debut”.

En esas celebraciones, siempre hay un momento en la que la tradición nos obliga al Yeti y a mi trincarnos un par de tequilas al estilo “far west”, es decir, con dos cojones y de un solo trago para brindar por Lamelia. En nuestro pueblo a nadie se le conoce por su nombre, porque si tenías suerte, te ponían “él” o “la” delante del nombre y luego lo juntaban, como era el caso de La Amelia. Pero si tenías mala suerte, pues te ponían un mote como era nuestro caso, y eso era pero que mú peorcito, como diríamos allí.

Lamelia era una de las amigas de mi amadísima “Tabernera”, pero no recuerdo haberla sumergido nunca en el agua, y es que a esas edades el amor por una chica se demostraba básicamente de una manera: Con Aguadillas. Hasta que más tarde, algún mariquilla mingafría inventó las flores, los diamantes y el champagne, por aquel entonces la mejor manera de saber hasta donde las pecas y las coletas habían penetrado en tu corazón, era esperar a que el grupito de las chicas estuvieran tranquilamente bañándose en la piscina (si era en lo hondo, mejor) para luego como auténticos kamikazes tirarte “a bomba” y aprovechar la confusión y los chapoteos para acercarte a tu amada y hacerla aguadillas hasta que llegaba a la escalera. La ciencia matemática decía eso: Muchas aguadillas = Mucho amor.

Ni al Yeti ni a mi se nos hubiera ocurrido nunca hacer una aguadilla a Lamelia, no solo porque hubiera sido capaz de darnos dos hostias a cada uno con una mano atada a la espalda (esos abdominales y esos brazos tan “masculinos”, nada tenían que ver con esas redondeces tan ricas que se empezaban a adivinar en mi adorada Tabernera), sino porque pertenecía a ese prototipo de chica callada, pero con mirada desafiante, retadora. A mí siempre me dio mucho respeto, era como si esperara abalanzarse sobre cualquiera que la sostuviera la mirada más de cinco segundos. Yo nunca llegué a dos.

Bueno, pues lo cierto es que estando el Yeti y yo en la discoteca del pueblo, siempre con ojo avizor, por la manía que tenían alguno de los rurales con hacer deporte usando como sacos de boxeo a aquellos que veníamos de la capital a pasar las vacaciones, cuando de repente Lamelia se me acercó, me cogió la mano y me preguntó:
-“Oye, ¿me das un beso?”
Yo algo cortado por estar hablando ¡con una chica!, balbuceé lo que cualquiera:
- “Sí, claro”. Y la di dos besos en la mejilla.
- “Así no. En el medio”.
Lamelia me echó los brazos al cuello y me dio el primer beso en los labios de mi vida.
Cuando se separo de mí, se acerco al Yeti y también le preguntó:
- “¿Y tú?”
Mientras escribo esto veo perfectamente al Yeti con los ojos abiertos y cara de soplapollas mientras Lamelia le daba un beso en el morrete. Recuerdo que nos atrevimos a pedir un cigarrito que nos fumamos a pachas mientras sonaba “El límite del bien” y que en esos momentos… ¡nos sentimos como Dios! Éramos unos tíos importantes.

Pasó mucho tiempo antes de que recordara una experiencia mejor que Lamelia dándome un beso y también pasó mucho tiempo antes de que otra mujer volviera a juntar sus labios con los míos.

Hace poco el Yeti me llamó para decirme que se casa en Agosto y que quiere darme la invitación como Dios manda, es decir, en medio de una grandísima borrachera, en la cual, no sé si brindaremos por la futura señora Yeti, pero lo que sí está más claro que el agua, es que como manda la tradición, un par de lingotazos nos meteremos a la salud de Lamelia, y es que el primer beso siempre es el primer beso.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

A ve, lo que no has dicho es cuál era tu mote en el pueblo. Y sé que no era Clebarr...

Anónimo dijo...

Vaya, vaya con Lamelia, si que practicaba un futbol directo.Respecto a lo del mote, ya nos lo contarás;si no es por las buenas recurriremos al chantaje.Dale la enhorabuena al Yeti, que es un tio bien majo.
Por cierto, nunca tuve el palcer de conocer a tu tabernera, cuya belleza es resaltada hasta por tu propia mujer.

Anónimo dijo...

2 cosas:
1.- Si os dijera cual era mi mote, luego tendría que mataros. Ni sometido a tortura en los fuegos más fogosos del infierno os diría nada.
2.- La belleza de la tabernera era resaltada hasta por el mismísimo coro de ángeles celestiales. Era casi como Pilar Rubio (ainj omá que rica), pero en pequeñita.

Anónimo dijo...

Nose de que pueblo eres Clebar pero has descrito a la perfeccion lo que sucedia a los forasteros como nos llamaban en mi pueblo.
Gracias por este paraje, que me has hecho recordar tambien mi primer beso y creo que el primer beso de mucha gente, ya que en verano se solia tener mas suerte de eso que llama pillar, nose si por la fogosidad del momento (verano) o por que al ser jovenes era el momento de experimentar.

Oscar

Rapajic dijo...

No me extraña que no olvides ese beso pues ha sido el único que te ha dado una mujer (que no sea tu esposa) en tu vida...
Y lo del mote yo sé cómo sacartelo, nos lo puedes decir a cambio de no publicar un vídeo que tengo en mi poder...
Un relato narrado con la chispa que te caracteriza (excepto para las apuestas deportivas). Muchas gracias.

Anónimo dijo...

Tampoco. Mi esposa se casó conmigo por mi dinero, pero nunca me ha besado. Hombre, un poco de tocamiento sí que me deja, pero besos... tururú.