Cuando alguien me muestra su cielo nublado y la negra tormenta en que está inmerso no me queda por menos que pensar en cuántas personas en ese (o éste, que da igual) preciso instante comparten sin saberlo nubarrones que descargan trombas de agua, mientras otros paseamos por su misma calle, en la acera de enfrente, bajo un cálido sol que nos protege. Y cuando pienso en esos cualquieras, repeliendo como pueden rayos y relámpagos, los imagino días, meses, años antes, al otro lado de su misma calle, ignorantes de lo que más tarde vendría, de qué harían para sin darse cuenta cruzar el estrecho camino que separa su distinta realidad, igual de ignorantes que están ahora sin saber que todo, antes o después pasará y que muy cerca suyo, a pesar de sus ojos vendados por sí mismos, hay un paso de cebra que les regresará al lado por dónde quieren transitar. Es cuando veo a esas personas, desde mi plácida acera, sufrir sus emociones y sentimientos, cuando les veo calados hasta los huesos de tristeza y tiritando de pena, cuando me recuerdo a mí mismo al otro lado, bajo sus mismas tormentas y cuando más valoro estar en la acera de la calle dónde brilla el sol, sin olvidar que no debo distraerme, pues en cualquier momento, si corro detrás de un balón que salte a la calzada, sin darme cuenta me puedo ver atrapado en el otro lado, en el lado dónde las nubes no tienen piedad con los viandantes y los rayos chamuscan ilusiones, en el lado dónde los semáforos tardan demasiado en ponerse en verde.
A posteriori, aprovechando el comentario de Chechu:
13 mayo 2008
UNA CALLE DE DOBLE DIRECCIÓN
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4 comentarios:
La culpa es un invento muy poco generoso,y el tiempo tremendo invento sabandija,será que será suficiente con que uno elija,porque si no la buena fortuna pasa de largo.
Y vos tan orgullosa que nunca me avisaste que tal vez, fuiste mía un verano...
(Las oportunidades; Andrés Calamaro)
Muy bonito, de verdad.
Más que aceras que se prolongan infinitamente en paralelo, yo veo calles; y esquinas que al doblarse muestran el caprichoso signo de la suerte.
Asumo que no hay mal (ni bien) que cien años dure y sigo andando...
Certera y hermosa reflexión.Lo importante es seguir caminando como dice J.M y tener la capacidad de disfrutar del cálido sol, con idéntica pasión,(al menos), a la que empleamos a la hora de sufrir las épocas desapacibles que aparecen o que nos buscamos.
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