12 mayo 2008

PUNTOS COMUNES

El hecho de estar rodeado casi de continuo de niños además de llenarme de satisfacción y alegría, de haberme multiplicado por 30 el tiempo que dedico a JUGAR, de hacerme reír y sonreír muchas más veces al día y por consiguiente, de olvidarme durante más minutos de las mierdas del día, también me está mostrando algo que todos sabemos pero que es en su presencia y debido a que ellos lo sufren de continuo, cuando lo veo de manera más nítida: lo castradores que somos los adultos. A mí, por ejemplo, me resulta muy gracioso y divertido que uno use la pared como lienzo, que otro escupa haciendo pedorretas lo que le disgusta comer, o que otro proteste airadamente porque no le agradan los brazos que lo acogen. Pero al mismo tiempo, yo mismo, en ocasiones pongo restricciones a sus conductas, pensado en su futuro "bien".
Me contaba hace poco Nelly episodios tragicómicos de su día a día laboral y cómo algunas personas mayores, desorientadas, reproducen escenas cuasi infantiles, graciosísimas para quienes las observan y dolorosas para quienes las sufren (los familiares). Tales como que un hombre en su vejez comience a hacer lo que le sale de las pelotas o empiece a soltar millares de tacos mientras su mujer asiste atónita a las inusuales conductas del que ella creía cabal marido. Yo viví alguna de esas escenas con mi abuelo (
que en paz descanse), que las realizaba con la cabeza totalmente lúcida y que me resultaban igual de graciosas y de naturales que las de los niños que comentaba antes, precisamente porque yo era un niño y él se ponía a mi nivel (como intento yo ponerme con los niños que comparten ahora mi vida). Es más, adoraba a mi abuelo aún más de lo que lo hacía cuando se comportaba de esa manera tan peculiar para un adulto.
Entonces mi mente hace de pegamento y une los dos párrafos anteriores para deducir si en en realidad no estoy hablando de lo mismo, si simplemente esas personas en su vejez, más que desorientadas simplemente no se habrán liberado de las putas restricciones sociales y los buenos modales impuestos y se sienten otra vez ellos mismos, otra vez libres, otra vez niños y disfrutan realmente de lo que desean hacer y quejándose de lo que no, buscando la máxima de la búsqueda de placer y la huida del displacer.
Estando rodeado de niños y poniéndome a su nivel de disfrute, me doy cuenta de lo gratificante que es ser uno mismo, sin pensar en consecuencias futuras y sin mayores límites que el propio dolor. Estando rodeado de niños y sabiendo de conductas de viejos que se liberaron de su "superyo", me pregunto si, en contra de lo que siempre he creído, Freud no tendría mucha más razón de la que yo nunca le he otorgado. Así, reconociendole algún que otro mérito al singular neurólogo austriaco, me pregunto si no nos resultan más atractivas las personas que tienen su "ello" más presente que latente y sea por eso que nos fascinan las conductas de los niños y los viejos...

1 comentario:

Al Neri dijo...

Interesantísima reflexión. Una vez más toca hablar de fronteras y de líneas difusas. En este caso, entre la espontaneidad y la libertad individual a la hora de comportarse, y la grosería o desconsideración hacia las personas con quienes convivimos.

La sociedad es una gran dictadora que nos ha impuesto toda clase de convencionalismos, buena parte de ellos inútiles. Muchos de ellos nunca han servido históricamente para mejorar las relaciones y garantizar el respeto, sino para castrar, para controlar, para tener a la gente en un puño.

Otros límites -no sé si los más o los menos- sí tienen su razón de ser, y aunque a veces nos molesten, creo que sí debemos transmitirlos a los niños por su bien y el de todos.