MARIO
Llevábamos preparando las vacaciones algo más de un mes. Yo era el único que disponía de coche, así que aunque tenían el carnet desde hacía más tiempo y me fiaba de ellos, prefería conducir yo mismo, porque al fin y al cabo, el coche era mío.
La noche anterior a irnos me había acostado un poco antes de lo normal para descansar lo suficiente antes de emprender el viaje. Entre el nerviosismo de la primera escapada larga y el calor que hacía aquella noche me costó bastante conciliar el sueño. Era asqueroso, daba vueltas en la cama, me tapaba y me destapaba continuamente, hasta que finalmente las sábanas decidieron aliarse entre ellas y abandonarme en mi lucha con la noche. En definitiva, me salió el tiro por la culata, pretendía descansar más de lo normal para estar fresco la mañana siguiente y lo único que conseguí fue dormirme de madrugada casi a eso de las cinco.
A las siete y media sonó el despertador que me avisaba que la diversión comenzaba. Me incorporé sin vacilar. Ya tenía todo el equipaje preparado desde el día anterior. Me duché, desayuné, me cercioré por última vez de que nada me olvidaba, cogí las maletas, di un beso a mi madre y bajé las escaleras hasta la calle dirigiéndome al coche.
Había quedado en pasar a buscar a Jorge a las ocho y cuarto y a Andrés a y media. No había mucho tráfico por la ciudad, cosa por otra parte lógica tratándose de esas horas y siendo ya finales de julio. Llegué a las ocho y diez a la casa de Jorge y a pesar de mi adelanto, éste ya me esperaba abajo preparado con sus cuatro bolsas de deporte repletas de no sé qué.
Él era el que básicamente había organizado todo. Nos había convencido de ir allí y no a otro lugar, había alquilado el apartamento en el que íbamos a estar e incluso se había puesto en contacto con una vieja amiga suya que allí vivía y que según él estaba bien buena y tenía amigas. Se le veía contento e ilusionado de poder pasar esa semana juntos y libres, también eran sus primeras vacaciones desmarcado de sus padres. Apenas tardamos un par de minutos en cargar su equipaje y partimos en busca de Andrés.
Andrés es el que más pegas había puesto con todo el tema del viaje. No le gustaban las fechas, no le gustaba el viaje y aún menos le gustaba que fuera yo quien condujera el coche, así que no me sorprendió que al llegar a su casa (sobre las ocho y veinte) estuviera todavía en la cama, aunque nos dijera que ya estaba levantado desde hacía tiempo.
He de reconocer que me jodió el que todavía estuviera dormido pero la verdad es que ni la mitad que el hecho de que aún no hubiera preparado el equipaje. Nos tocó ayudarle a preparar todo y a eso de las nueve y cinco, con más de media hora de retraso, nos pusimos por fin en marcha. He de admitir que ese retraso instaló en mí un poco de nerviosismo, pero en cuanto nos pusimos en la carretera se me pasó por completo.
Jorge iba a mi lado y Andrés en la parte de atrás. Al principio el ambiente estaba tenso. Yo estaba de mala hostia por el retraso que llevábamos y Andrés no ayudaba mucho con su desgana. Y por si fuera poco y a pesar de que le advertí para que no lo hiciera pues me desestabilizaba el coche, bajó las dos ventanillas de atrás, porque, según él, hacia mucho calor.
Menos mal que Jorge, siempre tan positivo, puso un compact de “Los Rodríguez” y se puso a cantar. Eso me animó y me hizo cantar a mí también. La tensión desapareció y nos pusimos a hablar de una chica con la que Andrés se había enrollado los dos últimos fines de semana y que por lo visto le molaba de verdad (cosa extraña en él).
Estaba yo mirándole de reojo por el retrovisor mientras nos describía con detalles las curvas de aquella chica, cuando, sin saber cómo, el coche se escapó de mi control. Nos habíamos metido en el carril de sentido contrario y un camión enorme se aproximaba hacia nosotros, di un volantazo a la derecha para intentar esquivarlo, pero entonces, supongo que vencido por el peso, el coche volcó y comenzó a dar vueltas como si de un pollo que estuvieran asando se tratara.
Ya no recuerdo más, perdí la consciencia. Cuando volví en sí estaba dentro de una ambulancia, la pierna izquierda me dolía muchísimo, me dolía tanto que no sentí que tenía destrozado el brazo del mismo lado, ni las magulladuras que tenía por el resto del cuerpo, ni las brechas que me hice en la frente y la cabeza.
Sólo había una cosa que me preocupaba más que el dolor de mi extremidad inferior, cómo estarían mis amigos.
JORGE
Tenía tantas ganas de volver a ver a Raquel. Desde que coincidimos en aquel campamento siendo apenas unos críos no la había vuelto a ver. Cierto es que durante un tiempo nos mantuvimos en contacto casi permanente por carta y que, muy de vez en cuando, nos llamábamos por teléfono, pero a medida que fueron pasando los años y supongo que como le pasa a todo el mundo que mantiene algún tipo de relación en la distancia, nos fuimos alejando el uno del otro cada vez más. Cuando llamé para decirle que iba a ir allí con mis amigos me pareció que se puso muy contenta. Incluso me ayudó a buscar un apartamento que por lo visto estaba muy bien situado y que nos resultó muy barato.
La víspera de salir estuve toda la tarde preparando la ropa que iba a llevar, quería que me viera con mis mejores galas, así que ante las dudas sobre qué trasladar y qué dejar en casa metí todo lo que tenía en unas bolsas de deporte.
Como imaginaba que si me metía en la cama demasiado pronto no me dormiría por la tensión, me puse a ver una película. Bueno, me puse a ver una pero vi dos. En realidad la segunda no la vi terminar pues me quedé dormido en el sillón. No había nadie más en mi casa, por lo que permanecí en el sofá y con la tele encendida hasta que a eso de las siete y cuarto me desperecé.
Me preparé un copioso desayuno, me aseé y aunque sabía que hasta las ocho y cuarto Mario no vendría a por mí, a las ocho menos cinco bajé a la calle.
Hacía una mañana estupenda. Compré el Marca. Lo estaba echando una ojeada cuando Mario llegó. Me echó una pequeña bronca por las bolsas que llevaba, decía que no íbamos a caber todos en el coche, pero bueno, no le hice demasiado caso. Nos fuimos a por Andrés.
Yo diría que por la cara que tenía cuando llegamos aún estaba en la cama pero él nos dijo que no, que se había levantado hacía un poco y que estaba preparando la ropa. Lo que sí era cierto es que no tenía ninguna prenda preparada. A mí no me gustó mucho ese detalle, pero a Mario eso le puso como una fiera. Yo creo que estaba nervioso ya que era él quien tenía que conducir. Nos tocó ayudarle a empaquetar todo. Mario le dijo que de todas formas no se preocupara si se olvidaba de algo pues ya llevaba yo vestimenta para todos. Como le notaba histérico decidí volver a ignorarlo.
Ya en el coche se pusieron a discutir incluso sobre si las ventanillas de atrás debían ir subidas o bajadas. Al cabo de un rato la tensión se había disipado, momento que aproveché para poner un CD que había llevado.
Durante un rato fuimos cantando hasta que Andrés se puso a hablar de una chica. Yo no le presté demasiada atención pues iba pensando en cómo estaría Raquel después de tanto tiempo. Iba recordándola cuando un camión se abalanzó contra nosotros, grité y Mario pegó un volantazo.
El coche comenzó a dar vueltas. Cada vuelta parecía durar una eternidad. Era como si me hubieran introducido dentro de una película de vídeo y la estuvieran pasando a cámara lenta. Por fin se detuvo.
Había un silencio que me aterraba y estábamos boca abajo. Apenas me podía mover, el cinturón de seguridad me oprimía y tenía un extraño sabor de boca. Miré a mi lado y vi que Mario estaba con los ojos cerrados. Creí que había muerto. No podía girarme para ver cómo se encontraba Andrés, pero tampoco le escuchaba respirar.
Comencé a pedir ayuda a voces. Llegaron unas personas que me decían que permaneciera tranquilo que ya habían llamado a la ambulancia. Se me hizo eterna la espera. Tuvieron que apalancar la puerta y cortar el cinturón para sacarme.
Apenas tenía nada excepto leves cortes por todo el cuerpo debidos a los cristales rotos y otro más profundo en le cuello producido por el cinturón. Me dolía todo el cuerpo, pero afortunadamente no me hice nada grave.
ANDRÉS
Era imposible que aquello saliera bien. No sé por qué accedí a ir. Para empezar yo no quería ir a Gijón a bañarme en el puto Cantábrico. A mí me apetecía ir al Mediterráneo, me daba igual el lugar, Benidorm, Salou, Gandía, Benalmádena... me daba igual, pero al Mediterráneo, donde el agua no estuviera helada, donde el sol fuera permanente, donde las guiris abundaran, donde la juerga nunca acabara.
Para continuar, ¿por qué teníamos que ir en julio si en agosto había mucha más marcha?
Después, Mario conduciendo ¡Pero si sólo llevaba tres meses con el coche!
Y para colmo, me estaba enamorando y la tenía que dejar sola en la ciudad con la cantidad de buitres que circulan al calor del verano. No tenía muchas ganas de ir pero aún menos después de la noche tan increíble que pasé con ella el día antes de marcharnos, amándonos hasta las seis de la mañana.
Cuando éstos llamaron al timbre todavía estaba dormido, pero les dije que ya me había levantado. Si les llego a contar a la hora que me había acostado después de ver que no tenía nada preparado me matan. Mario casi lo hace de todas formas. Creo que él tampoco durmió mucho, o por lo menos sus ojeras eso parecían querer decir.
Mientras me daba una ducha de agua fría para despejarme estuvieron metiendo mi ropa en unas mochilas. Yo creo que cogieron pocas cosas pero Mario decía que Jorge había llevado ropa para los tres. No me importó, me gustaba como vestía Jorge y usábamos la misma talla. Al llegar al coche, comprobé que sí que había llevado vestuario, sí, el maletero estaba repleto.
Me tocó compartir la parte trasera con mi equipaje ¡Y yo que me quería dormir! El calor era asfixiante a pesar de ser aún temprano, así que bajé las ventanillas. Pero hasta eso me recriminó el imbécil de Mario. Después de discutir con él y de mantenerme en mis trece, me intenté dormir un rato. Estaba a punto de conseguirlo cuando Jorge puso música y los dos, yo creo que para joderme, se pusieron a cantar.
Ya despabilado no pude reprimirme el contarles cómo me iba con Sonia. Creo que Jorge me ignoraba, pero Mario no paraba de mirarme mientras yo le hablaba de ella. Me estaba poniendo realmente nervioso, en vez de escucharme con la vista fija en la carretera, parecía querer oírme con los ojos. En una de esas miradas el coche se le fue desviando hacia la izquierda, yo no me di cuenta de ello para avisarle, pero de repente Jorge pegó un grito y lo único que vi fue un camión descomunal que venía a por nosotros.
Mario lo intentó esquivar pero lo único que logró fue que el coche perdiera adherencia y volcara. Salí disparado por una de las ventanas a la segunda o tercera vuelta. Al principio volé por los aires y cuando aterricé en el suelo empecé a rodar a mil por hora. Durante uno de esos giros me golpeé la cabeza contra una roca.
Yo era el único que no quería ir a ese estúpido viaje. Yo era el único que ya conocía Gijón. Yo era el único que había dejado a una chica esperándome. ¿Por qué tuve que ser yo el único que murió en el accidente?
22 julio 2007
EL ACCIDENTE
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1 comentario:
¿Te la puedo coger para enviar a mis amigos yq que tengan cuidado?
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