La primera vez que vi esa mirada que ahora deben reflejar mis ojos fue hace muchos, muchos años.
Yo tan sólo era una niña que jugueteaba con la arena de la Playa de la Concha. No recuerdo muy bien mi edad por aquel entonces, no creo que hubiera cumplido aún los doce años, pero sí recuerdo perfectamente que me recreaba en la playa contemplada por las acechantes olas que parecían querer venir a buscarme hasta que la arena, como si de un caballero se tratase, me protegía de sus ataques.
Me divertía sola, sin saber ni querer saber que el mundo no es un hogar en la cual los problemas no son capaces de entrar hasta que el sereno que porta la llave maestra de cada vida abre la puerta a ajenos inquilinos que no tienen otro afán que trastocar la placidez con que cualquier niño pervive.
Correteaba contra el viento, desafiándole por despeinar mi cabello, me retozaba en la arena, agradeciéndole por otorgarme seguridad, bañaba mis pequeños pies en el agua del mar, provocándole para que lanzara contra mí más de sus feroces ataques, respiraba hondo para descansar de mis arrebatos de locura infantil y miraba al horizonte buscando el punto exacto donde coincidieran agua y aire.
Cansada de no hallar aquel encuentro me giré desolada por el único tormento de mi aún incipiente existencia y al girar mi por entonces diminuto cuerpo, vi como no muy lejos, una mujer anciana me observaba con atención.
Fue entonces cuando por primera y última vez hasta hoy vi esa mirada. Una mirada eterna, tan eterna que fija su atención en un punto hasta que pasa a formar parte de lo que está mirando. Una mirada tierna, tan tierna que otorga brazos a los ojos y éstos entonces te abrazan. Una mirada cálida, tan cálida que te desnuda y es tu alma tan sólo lo que divisa. Una mirada envidiosa, tan envidiosa que te quiere robar la edad o por lo menos cambiarla por la suya. Una mirada compasiva, tan compasiva que te advierte sin poder ayudarte que ya nunca nada será igual. Una mirada tan mirada.
Era una mujer anciana, como yo lo soy ahora. De cabellos escasos, todos ellos plateados. De rostro arrugado, castigado por el dolor. De labios ocultos, tal vez para no pronunciar más de lo necesario. De orejas desnudas, incapaces ya de soportar peso sobre sus lóbulos. De cuello degollado, por las muertes de seres queridos. De cuerpo encorvado, de tanto inclinarse a los avatares de la vida. De piernas delgadas, cansadas de soportar tanto pesar. Y de pies derrotados, sabiendo que ya les queda poco para alcanzar su meta final. Pero con unos ojos radiantes, brillantes, luminosos, orgullosos de haber encontrado frente a sí lo que una vez ella fue, un ser despreocupado, alegre por ignorante, curioso por pueril y atrevido por ingenuo. Pero aquellos ojos eran una cosa más, eran unos ojos delatores.
¿No recordáis vosotros ese instante de vuestra vida en el cual os percatáis que a partir de él ya nunca nada volvería a ser como hasta entonces? ¿ No recordáis ese momento en el que os disteis cuenta de que todo cambiaba? ¿No recordáis el segundo en que dejasteis de ser niños?
Pues yo sí lo recuerdo. Lo recuerdo porque no lo descubrí por mí misma, no, me lo dijeron. Me lo dijeron aquellos ojos, aquellos ojos chivatos. Si hay una frase que se ha quedado impregnada en mi mente desde la primera vez que la escuché es aquella que dice: “Los ojos son el espejo del alma” Yo creo que esa frase se instaló en mi cabeza para siempre cuando la oí por primera vez porque me trasladó a aquella tarde de otoño, a aquella playa, a aquella infancia, a aquella anciana. Aunque yo la matizaría y diría que “los ojos son el espejo de la memoria”.
Sus ojos me enseñaron por primera vez lo que es la nostalgia, nostalgia de un tiempo que no podemos gozar en su totalidad al no ser conscientes de lo que estamos disfrutando y no tener nada con qué compararlo. Me enseñaron por primera vez lo que es la envidia, envidia al ver que existe alguien a pocos metros tuyos que posee lo que tú más deseas y sabes que ya nunca podrás tener. Me enseñaron por primera vez lo que es la compasión, compasión al saber que a quien contemplas le van a robar su más preciado tesoro sin merecerlo y sabiendo que no podrá hacer nada por retenerlo y ni tan siquiera se dará cuenta del hurto recibido hasta que pase mucho, mucho tiempo, demasiado como para poder reclamar lo perdido. Y me enseñaron lo que es la ternura, la ternura que puedes sentir por ti misma al recordarte con setenta años menos en la silueta de otro ser.
Hoy que he vuelto después de tanto tiempo a la playa que me vio crecer me sorprendo contemplando a una niña que como yo en su momento no parece querer coger aliento entre carrera y carrera, entre baño y baño, entre risa y risa.
Hoy que me sorprendo contemplando a una niña jugueteando con la nada es cuando llego a la conclusión de que la vida está mal diseñada, bueno, más que mal diseñada, sencillamente está al revés.
Deberíamos vivir desde atrás hacia adelante, nacer de ancianos, con un cuerpo débil, frágil y cansado y solos, abandonados a nuestra suerte, aprenderíamos de observar y de contemplar y de reflexionar sobre lo observado y lo contemplado ya que es lo único que nuestro organismo nos permite hacer (y no a todos). Nuestra gran maestra sería mi hoy inseparable amiga Soledad.
Seguiríamos “madurando”, disfrutando de los demás, de los nietos especialmente, que como ya habrían vivido toda una vida, nos cuidarían y nos enseñarían a ser menos amargos con sus continuas sonrisas injustificadas (justificadas para ellos al saber que se encuentran en el mejor momento de su existencia). En esa época nuestra única ilusión sería recibir la visita de uno de esos nietos para que nos instruyera con su frescura.
Pasarían los años y veríamos nacer (ahora lo llamamos morir) a nuestras parejas y les acompañaríamos desde lo más crudo y duro de su terrible enfermedad hasta su plenitud física y mental. Primero experimentaríamos un amor compañero, cálido pero tranquilo, sin sobresaltos y prácticamente asexuado, para poco a poco y tras pasar por diversas crisis, en esto nada cambiaría, transformar esa diminuta llama en un fuego intenso, en la pasión desenfrenada con que ahora comienza cada relación, pasaríamos de estar habituados y por lo tanto no deseosos de ver a nuestro ser amado a ansiar cada vez más encontrarnos con esa persona.
No sufriríamos al ver alejarse a los hijos, huir de nosotros, casarse, formar una familia ajena a la de su sangre, sino que cada vez se apegarían más a la persona que realmente les quiere (su madre), y gozaríamos al ver que cada vez no sólo no tienen más preocupaciones, sino que éstas se van alejando de ellos con el transcurrir de los años.
Seríamos unos jóvenes experimentados, que aprovecharíamos nuestros incansables cuerpos sin malgastar más energía de la que desperdiciamos en la verdadera juventud. Dicen que “la experiencia es un peine que nos regalan cuando nos quedamos calvos”, pues bien, si esta vida fuera al revés nos cepillaríamos con las púas de la experiencia a diario.
Y finalmente seríamos unos niños libres, como es esa niña a la que ahora miro y como era aquella niña que yo un día fui y a la que aquella anciana observaba, pero plenamente conscientes de nuestra libertad y sabedores de cual será el preciso instante en que digamos adiós para siempre. Sería bonito vivir así.
Aunque no sé, bien pensado, tiene que ser difícil comenzar tu andadura en este mundo sin alguien que te guíe. Tiene que ser difícil crecer con una única ilusión y además ajena, tiene que ser difícil estar cerca de alguien por quien no sientes un cariño injustificado. Tiene que ser difícil ver como a tus hijos sus sueños no les llegan sino que se les van alejando y sentir como mueren entre tus piernas. Tiene que ser difícil sentirse nerviosa ante una desenfrenada noche de pasión con alguien a quien ya has visto desnudo en infinidad de ocasiones. Tiene que ser difícil no cometer errores causados por la precipitación de un cuerpo y una mente fogosos. Y sobre todo, tiene que ser muy difícil ser ingenua y no tener maldad tras un montón de años vividos.
Quién sabe, a lo mejor aquél que diseñó esta vida ciertamente sabía lo que hacía.
Ahora me doy cuenta de lo que realmente me enseñó aquella acabada mujer, me enseñó lo que nunca se debe hacer, perder la ilusión, la ilusión de volver a ser una niña.
Pues bien, ahora que contemplo a esa pequeña voy a intentar cambiar por completo mi mirada y voy a intentar borrar la memoria de mis ojos para que cuando se gire y me mire comprenda de mi rostro que le queda una vida maravillosa por vivir y que hoy no, hoy no se le acaba la infancia no, que mientras ella quiera, seguirá siendo una niña.
Pues yo hoy, que siento tan cercana mi muerte, vuelvo a ser una niña.
22 julio 2007
MEMORIA EN LOS OJOS
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1 comentario:
wonderful!!!
el paso del tiempo me pone triste.... pasan los años sin casi darme cuenta.
Cuando echo la vista atrás, me vienen a la cabeza cantidad de historias vividas, recuerdos, imágenes, sensaciones, ilusiones, tristezas...personas, sitios, ...y cuanto más recuerdo más me propongo vivir cada momento como si fuera único, irrepetible...
Poner demasiado entusiasmo en lo que se hace tampoco es bueno pero me permite darle una pizca de motivación a la vida..
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