22 julio 2007

EL MOMENTO


Desde aquí donde os hablo todo es tan claro.
Puedo ver a los seres que me han querido llorar por no tenerme más, a las personas que me han utilizado buscar a otro a quien utilizar y a aquellos que me han odiado echarme de menos por no tener ahora a nadie a quien odiar. Como os he dicho aquí y ahora todo es cristalino, ha sido llegar y todo transparentarse para mí, he llegado hoy y hoy ya todo lo conozco y lo comprendo y, aunque ha sido hoy cuando todo ha sido expuesto ante mí, esta misma claridad de ideas me hace recordar dónde, cuándo y cómo comenzó todo. En aquel momento no lo entendí y aunque aquel momento me hizo estremecer, nunca hasta hoy lo relacioné con esto. Así fue como pasó o al menos cómo yo lo recuerdo...

...Era un sábado normal de noviembre, empezaba a hacer frío y la aún lejanía de los exámenes nos liberaba del deber de estudiar al día siguiente y nos animaba a disfrutar de una loca noche de fin de semana.
A pesar de ser consciente de que el frío de la noche me esperaba salí de mi casa con tan sólo una camiseta y un jersey que la arropara; ”Total, para luego dejar la cazadora en el coche mejor no la llevo”. Claro que yo sabía que para salir así de “abrigado” antes tendría que soportar el sermón de mi madre al despedirme. Y así fue, pero oídos sordos.
Monté en el coche y puse una cinta que me acompañara en el trayecto. No me apetecía escuchar los comentarios sobre el partido que acababa de ver en la tele, el Atleti había perdido y no estaba de humor. Como un autómata tomé el camino por donde siempre iba y al son de la música me puse a cantar, no cantaba especialmente de alegría sino porque siempre cantaba en el coche. No me preguntéis que personas o cosas vi en mi travesía porque no me acuerdo. Tan sólo recuerdo que tuve suerte y aparqué nada más llegar.
Así fue como aparecí cinco minutos antes de la hora en el lugar donde no habíamos quedado. Siempre íbamos allí y a la misma hora “a las once en el Chas”. No había citas previas ni temores de que nadie apareciera, pero sabía que el hecho de aparcar tan rápido me otorgaba el premio de tener que tomarme la primera copa solo hasta que el resto de la panda, siempre impuntuales, llegara.
Caminaba absorto en mis pensamientos hacia el Chas, no había nada ni nadie que me distrajera y como por arte de magia, en un visto y no visto, llegué al bar. Abrí la pesada puerta con una energía inusitada como queriendo decir “aquí estoy yo”, sonreí al escuchar el mismo rock de siempre y ver a la misma gente de cada sábado, gente que no conocía pero que era como de la familia y saludé a la camarera.
Justo en ese momento sentí algo que nunca había sentido, una extraña presión se metía en mi cabeza, un invisible corsé me oprimía el pecho, un inexistente terremoto hacía temblar mis piernas y un río, frío como el hielo, empezó a surcar mi frente, espalda, manos y axilas. Sólo duró un instante, ¡pero qué instante! No pude explicar lo que me pasaba, pero tan rápido como vino se marchó.
Me detuve un minuto a comprobar que nadie había llegado y reafirmé mi certeza. Me dirigí al lugar de la barra donde siempre nos poníamos y pedí, como siempre, un Jack Daniels con hielo.
Todavía estaba explicándome a que se había debido aquella extraña sensación cuando recibí un golpe por la espalda y un grito directo al oído:
- ¡Hoy que se preparen todas!- Era Julián que acababa de llegar- ¿Sólo has llegado tú?- Me preguntó.
Era una de esas preguntas que más que interrogaciones son afirmaciones así que no le contesté y casi sin querer, como cada sábado, nos pusimos a hablar del partido de la tele hasta que llegaron los demás.
Estábamos en uno de esos lapsus en los que nadie habla y cada uno hace como que mira haciendo como que baila cuando aquella extraña presión se adueñó otra vez de mi cabeza, cuando el corsé del que creí haberme liberado me apretó con más fuerza el pecho, cuando el temblor de mis piernas se hizo mayor que antes y el río que me surcaba pareció querer ahogarme. Creí caerme, pero al contrario que la vez anterior ahora sabía a que se debía, ahora sabía que era lo que me provocaba aquel malestar tan agradable. Alcé la vista y al otro lado de la barra vi una especie de ángel sin alas, un ser venido de otro planeta, un animal en extinción, la chica más guapa que jamás había visto ¡Mi amor verdadero! Fue verla y no poder quitar la vista de ella y a pesar de que notó que la miraba tampoco ella apartó sus ojos de mí. Como llevado por un imán que se deslizara por debajo del suelo me dirigí hacia ella, no sabía qué iba a decirle, tampoco me importaba, sólo quería conocer su nombre y decir que la quería, desde aquel momento y para siempre, pero me quedé en un simple:
- Hola, ¿cómo te llamas?
A lo que ella me respondió con un musical:
- Nadia y ¿tú?
¡Cómo me gusto ese: “y ¿tú?”!
Pero lo que en ese momento no supe (y ahora sí sé), lo que en aquel momento no pude ni llegar a imaginar era que aquel “y ¿tú?” me iba a llevar al lugar donde ahora me encuentro, al lugar donde todo se ve tan claro, al lugar donde todo se nos es mostrado y nada puede ser corregido, al lugar de donde no se vuelve. A aquí, a la muerte.
Estuvimos charlando más de una hora seguida de cosas tan intrascendentes que eran apasionantes. Era tan maravillosa que creí estar en un sueño ¡Qué más quisiera yo! Se acercó Julián y me dijo que nos íbamos, que la noche nos esperaba, pero la noche ya había acabado para mí. No le pedí su número de teléfono, ni ella a mí, pero medio quedamos en vernos en el mismo lugar y a la misma hora al sábado siguiente. Nos dimos dos besos y nos despedimos.
Ahí empezó la semana más larga de mi vida, parecía que el sábado no quería llegar nunca, pero llegó. Ese sábado me dio igual el partido, me dio igual la música en el coche, me dieron igual mis amigos, me dio igual todo. Estuve preparándome desde las ocho y llegué al Chas a las once menos veinte a pesar de saber que me tocaría estar solo un buen rato. Me traía sin cuidado, a lo mejor ella también iba antes. Pasaron los minutos y a partir de las once y diez empezaron a llegar todos mis amigos, pero yo permanecía solo.
Y seguí solo toda la noche. A eso de las tres me fui a casa, no había nada que me motivara a quedarme. Estaba triste y decepcionado y en el coche, de vuelta a casa, trataba de darme yo a mí mismo alguna estúpida explicación de su no-comparecencia: “Se habrá puesto mala”; “Habrá tenido que irse de viaje”; ”No habrán querido ir sus amigas”. Cada excusa que me inventaba era para exculparla y así perdonarla por no sé qué.
Cuando llegué a casa me fui directo a la cama y me dormí más rápido de lo que acostumbraba. A la mañana siguiente cuando desperté parecía como si el dormir hubiese actuado de goma y hubiera borrado todo lo anterior, recordaba cosas y la recordaba a ella, pero la recordaba como si fuera parte de un difuso sueño que ya casi había olvidado.
Sin embargo el tiempo a veces actúa de manera contraria a como debiera y a medida que pasaban los minutos, las horas y los días, ella volvía a mi mente y a mi corazón con más intensidad si cabe de lo que jamás hubiera estado.
Y llegó otra vez el fin de semana. Nunca íbamos los viernes al Chas pero yo presentía que ese viernes ella estaría allí, así que convencí a mis amigos para cambiar nuestros hábitos y hacer de ese viernes un sábado más. Mi intuición femenina, como en todo hombre, es inexistente y ella no apareció. Como tampoco lo hizo el sábado, ni el sábado siguiente, ni el siguiente, ni el siguiente. Y así, sumergido en la desilusión, pasé algo más de un mes.
Las Navidades estaban a la vuelta de la esquina y ya empezaba a dudar de si la sensación que tuve sobre ella no era cierta y todo lo que creí haber vivido no sería sólo un sueño cuando llegó un sábado más.
Esta vez era yo quien llegaba tarde y ya estaban allí todos. Al saludarlos vi en ellos una sonrisa picarona que me hacía temer que algo tramaban cuando Julián me dijo:
- Mira quién está ahí.
Fue oír esas palabras y la presión, el corsé, el terremoto y el río volvieron a mí como vuelve un boomerang bien lanzado, con más fuerza de la que sale, así que giré la cabeza en dirección a donde me señalaba.
¡Estaba allí, no lo había soñado! Y como si su amiga también le hubiese dicho “mira quién está ahí” ella giró la cabeza en dirección a mí y me sonrió.
No pude pararme, tendría que haberme parado, pero no pude y fui hacia ella. Quería preguntarle que por qué había tardado tanto en volver, que a qué había sido debida su ausencia, quería una explicación, pero era consciente de que no podía pedírsela. ¿Quién era yo para ello? Ella actuó como si el tiempo no hubiese pasado (a lo mejor pensó lo mismo de mí), como si el día que nos conocimos hubiera sido el sábado pasado y estuviera allí cumpliendo con su cita. La conversación esta vez fue menos fluida y, por supuesto, mucho más corta, pero esta vez no me fui sin saber su número de teléfono, ni ella sin saber el mío.
Llegó el lunes y no pude reprimir mis ganas de llamarla, el jueves era Nochebuena y yo quería que antes de Navidad ya fuera mía. El temblor de mis dedos hacía que casi no atinara con los números y el latir acelerado de mi corazón me hacía dudar que pudiera articular palabra alguna. Al tercer tono alguien descolgó el teléfono:
- ¿Diga? – Preguntaron.
- Hola ¿está Nadia? – Respondí yo.
- ¿Quién?
- Nadia – Repliqué.
- No, creo que se ha equivocado de teléfono.
- Perdone.
- Nada.
¡Vaya! Sin duda alguna el temblor de mis dedos me había jugado una mala pasada. Esperé un minuto para tranquilizarme un poco y volví a marcar el número que yo creía el suyo, ahora sin dar posibilidad alguna al error. Esta vez tardaron un poco más en cogerlo. Otra vez el mismo:
- ¿Digamé?
No daba crédito a lo que escuchaba, me pareció estar oyendo otra vez la misma voz que antes, pese a lo cual pregunté:
- ¿Está Nadia?
A lo que me contestaron con lo que yo ya temía:
- Oye, creo que te has vuelto a equivocar.
Y colgué sin más.
No, no me había equivocado, había marcado el número que tenía en mi memoria y mi memoria en estos casos nunca fallaba. ¡Me había mentido! Creí morirme, empecé a sudar como si hubiera estado corriendo durante tres horas seguidas, empalidecí como la nieve recién caída en el campo y una lágrima se deslizó por mi mejilla izquierda, las demás quedaron prisioneras en mis ojos nublándome la vista. Me dirigí a mi habitación como un sonámbulo en el medio de la noche aturdido por el eco del “se ha equivocado”, me tumbé en el suelo y como queriendo huir de mi cuerpo fijé la mirada en el blanco techo que me protegía, buscando un infinito donde esconderme. Pasó algo más de media hora en la que permanecí inmóvil mientras por mi mente vagaban pensamientos tan abstractos y tan absurdos que creí volverme loco. Me incorporé para poner alguna melancólica canción que acompañara mi tristeza y cogí un álbum de fotos antiguas para transportarme a tiempos felices y subirme un poco la moral. Estaba viajando en el tiempo cuando sonó el teléfono. Ni tan siquiera me inmuté, me daba igual que fuera o no para mí y si era para mí, me daba aún más igual de quién se tratara, no quería hablar con nadie. Mientras me rebozaba en mi apatía acerca de quién llamaba, mi madre me desperezó:
- ¡Niño, es para ti! – Me voceó.
- ¿Quién es?- Le pregunté desganado.
- Una chica con un nombre raro – Me contestó.
No podía ser ella, seguro que conocía a más chicas con nombre raro, pero de todas formas me dirigí esperanzado al aparato telefónico.
- ¿Sí? ¿Quién es?- pregunté acobardado.
- Hola soy Nadia ¿Qué tal?
Y todo comenzó a dar vueltas, no sabía qué hacer y aún menos qué decir, no sabía si debía colgar o no, si decirle que me olvidara para siempre o preguntarle que dónde se encontraba para ir corriendo y abrazarla. Dentro de lo que cabe me mantuve sereno.
- Bien y ¿tú? – Le respondí.
- Muy bien. Como no me llamabas me he decidido yo a hacerlo.
“Tendrá jeta” pensé. Estuvimos hablando un rato de cosas triviales hasta que me dijo que si quería quedar con ella para tomar algo. ¡Pero cómo no iba a querer! Quedamos para el día siguiente a las cinco y media.
Las lágrimas cristalizadas que se habían adueñado de mis ojos recibieron un fuerte impacto y al hacerse añicos me permitieron contemplar lo brillante que estaba el día. Sin duda alguna había entendido mal su número de teléfono y sin menos dudas todavía, ella también me quería. Tenía ganas de saltar, de cantar, de bailar, de decírselo a todo el mundo. Empecé a mirar el reloj para contar los segundos que me quedaban hasta poder estar con ella. Por la noche apenas pude conciliar el sueño. Intenté estudiar a la mañana siguiente, pero no pude, estaba demasiado agitado como para sentarme en una silla enfrentado a unos apuntes. Tampoco comí, los nervios que ocupaban mi estómago no dejaban espacio en éste para la comida y así entre desmadrado y acongojado pasé el día hasta que a eso de las cuatro de la tarde me llamaron. Era Nadia diciéndome que se encontraba con fiebre y que no podía asistir a nuestro encuentro, que lo lamentaba y que ya quedaríamos para otro día.
Qué sabios son los dichos antiguos, hay uno que dice que tras la tempestad siempre llega la calma, pues así tras la tempestad de mi mañana, calmosa estuvo mi tarde, toda ella tirado en el sofá mirando la tele.
Con la misma rapidez con que caen las hojas de los árboles en octubre pasaron los días en mi vida, pasó Navidad y Año Nuevo, pasó Reyes y el mes de enero y los exámenes de febrero. No volví a saber de ella, al Chas nunca más volvió, no podía llamarla pues no sabía su número y aunque la buscaba por todos los lugares, la inmensidad de la ciudad no me permitía hallarla. A pesar de todo no podía dejar de pensar en ella. No podía dejar de amarla.
Y así como sin quererlo llegó un 16 de marzo de 1998.
Era el cumpleaños de Julián y nos había invitado a cenar a un, según él, elegante restaurante en el cual yo nunca había estado. Me recomendó que pidiera un chuletón y así lo hice. Había engullido ya la mitad de la pieza cuando sentí que se me acababa la vida. Justo enfrente de mí entraba por la puerta una pareja que yo diría muy feliz que se sentó tres mesas más allá a nuestra derecha. Era Nadia y compañía. Enloquecí, me llené de rabia, todo mi amor se tiñó de odio y toda mi ilusión de ira incontrolada. Me levanté de la silla y con el cuchillo de cortar la carne en la mano me acerqué a ella y le dije:
- Me has partido el corazón. Me debes un corazón.
Y, sin más, le clavé el cuchillo a la altura del pecho, allí donde ella escondía su deuda conmigo.
Las demás personas, como si el tiempo se hubiera detenido, quedaron pretificadas, instante que aproveché para salir corriendo. Corrí como no lo he hecho en toda mi vida, deprisa y sin descanso. No sabía a dónde dirigirme pero no quería parar y así, no sé si guiado por mi subconsciente, aparecí a las orillas de la vía del tren y me puse a reflexionar: “Si la he matado, mi vida carecerá de sentido. Si aún sigue viva, lo que es seguro es que ya nunca me amará y mi vida también carecerá de sentido. Decidido, el tren cumplirá con su cometido y me llevará de viaje a otro lugar”.
Dicho y hecho. Salté la valla que protegía la ciudad del monstruo viajero y le esperé como un torero a un toro, de frente y aunque con temor, sin miedo.
Pasaron tan sólo un par de minutos cuando vi a lo lejos dos luces que se me aproximaban. El final estaba cerca. “Lo tengo que hacer, no hay otra solución” me dije a mí mismo. Cada vez lo tenía más cerca. 200 metros. “Después de esto no habrá nada”, trataba de convencerme. 100 metros. “Para, deja al menos una carta”. 20 metros y...

...Aquí estoy, ni tan siquiera me dolió. No sé si Nadia murió o no, yo por aquí no la he visto. Estoy repasando lo que ha sido mi vida para poder vivir mejor la siguiente. Cuando mueres te traen aquí, a un lugar tranquilo donde te muestran lo que has hecho en tus años de existencia y te dejan recapacitar hasta que te dan otra oportunidad en una nueva vida a la cuál puedes llevarte tan sólo una de las conclusiones a las que hayas llegado con respecto a la anterior.
Yo ya sé la que me voy a llevar y os aconsejo que la aprovechéis vosotros en ésta en la que estáis. Cuando notéis que una extraña presión se os mete en la cabeza, que un invisible corsé os oprime el pecho, que un invisible terremoto os hace temblar las piernas y que un río, frío como el hielo, navega por vuestro cuerpo, desconfiad de ese momento y huid pues el amor, el amor que creemos verdadero, aquel que nunca se consigue y que nos hace sufrir y aunque puede que nos guste el camino que nos muestra también puede que nos lleve a un lugar equivocado.

Os lo digo yo, desde aquí, donde todo es tan claro.

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