19 febrero 2007

EL DENTISTA

Ir al dentista es una especie de ritual por el que todos pasamos de vez en cuando y que o bien todos los odontólogos que he visitado se han puesto de acuerdo y han confabulado contra mí o hay una serie de características comunes en sus visitas…
Para empezar siempre te dan cita a una hora que saben que no van a poder cumplir. ¿Porqué demonios lo hacen? ¿Porqué son tan impuntuales? ¿Es que no calculan el tiempo que están con cada paciente? (A mí en la clase de matemáticas de 3º de EGB me enseñaron que si le añades a la hora de comienzo el tiempo que vas a tardar tienes como resultado la hora de finalización) ¿Salen tarde todos los días de currar debido a los retrasos que van acumulando? Y si es así, ¿pagan las horas extras a las enfermeras? Aunque pienso yo que a lo mejor el retraso es intencionado porque tienen algún tipo de convenio con las revistas del corazón. Porque en las salas de espera de los dentistas, si intentas entretenerte leyendo algo, lo único que encuentras son las que yo denomino “revistas de mujeres”. Y allí, en la sala de espera, ves a todas las féminas felizmente entretenidas leyendo con quien se lió Rociito el año pasado (porque eso sí, la más reciente que tienen es de por lo menos la primavera pasada) mientras los demás nos hacemos los machotes resistiendo abrir una de ellas, por el qué pensarán, mientras de reojo miramos a la tía buena en bikini que sale en la revista que está leyendo la de tu lado (con una silla de separación eso sí, porque en las salas de espera, como en el cine, a no ser que estén repletas hay que dejar un asiento libre entre tú y quien esté), tentados de coger alguna de las que quedan libres a ver si salen más tías así y de paso enterarnos de a qué futbolista se tira la Bermúdez esta semana (que si te atreves a cogerla lees que ha sido con Makelele y pensando que ese ya no juega en el Madrid es cuando miras la fecha de la revista…).
Así entre miradas, pensamientos, escribir algún mensaje a quien sea para matar el tiempo y saludar con voy muy bajita a quien va entrando a esperar contigo te vas encabronando viendo como el reloj marca las 7 y cuarto y a ti te dieron cita a las 6 y media. A partir de ahí es cuando empiezas a pensar “Como no sea el siguiente al que llaman me levanto y se lo digo a la de la recepción. O mejor me marcho, ¡qué les den!”, en eso entra la enfermera y… tampoco eres tú al que nombra, pero aguantas un poco más y no huyes arrasando con todo como habías pensado. Y es en ese momento, tras 20 minutos más y echando humo, cuando la persona que te está viendo desde detrás del espejo decide llamarte para empezar a hurgar en tu boca. Cuando entras con el dentista intentas disimular el cabreo, más que nada temiendo posibles represalias. Te tumba en una camilla que parece la del doctor Frankestein y empieza a abrirte la boca e introducirte tubos como un maniaco. Qué por cierto, ese tubo que hace de aspirador de saliva, ¿quién lo ha inventado? Porque no parece tragar mucha de tu saliva (que siempre se te cae la baba como a un niño pequeño) y lo único que hace es darte una sensación de ahogo… En fin que aunque intentas calmarte y tan sólo has ido a hacerte una limpieza, todo lo que te hacen duele de cojones (por mucho que diga el jodío que no, si estuviera él sentado dónde estoy yo y yo ahí arriba con bata azul me iba a decir si duele o no).
Y al acabar, sin saber muy bien cómo ha sido, y aunque como hemos dicho sólo fueras a hacerte una limpieza, sales de allí sabiendo que tienes un par de caries nuevas, una muela del juicio que si no te sacas te puede joder el resto de la dentadura y una nueva cita para subsanar todo lo que él te ha dicho.
Así vuelves otra vez a la mesa de la que lleva la agenda y le dices... “dame una cita nueva, pero intenta que sea la primera de la mañana que paso de leerme el “Hola” de Agosto otra vez”.

4 comentarios:

Chechu dijo...

Pero lo peor es pagar para que te hagan daño.

Anónimo dijo...

Cuando voy al dentista siempre me acuerdo de una película que se llama Marathon Man (con Dustin Hoffman, la recomiendo) en la que la forma de tortura era el uso de los elementos del dentista en las muelas que más dolían. Por supuesto, yo no me identifico con el dentista.

Anónimo dijo...

Odio ir al dentista, desde luego. Pero mi comentario es más para estar de acuerdo con Spirou: "Marathon man" es un peliculón.

Anónimo dijo...

Gracias a Dios en mi vida he ido poquísimas veces al dentista. Nunca me han quitado ni desvitalizado una muela, lo cual agradezco porque soy muy sensible al dolor, en especial a MI dolor.
Es absolutamente cierto lo de las revistas del corazón absolutamente desfasadas, nada que ver, por ejemplo, con la peluquería, donde además de revistas del corazón también está el Interviú. En ese caso soy muchísimo menos exigente a la hora de ver las tetillas de Paz Vega o a Penélope Cruz. No me importa echarlas un ojo (bueno, dos ojos) aunque sean del verano pasado o incluso de hace dos veranos.