01 febrero 2007

EL CUENTO DE TOT

Salió tarde de casa, tenía cita a las ocho y media de la tarde y tan sólo quedaban diez minutos para que se cumplieran y una ciudad entera que atravesar. Sabía que era su última oportunidad y que no podía desperdiciarla, si no llegaba a tiempo o si no era capaz de finiquitarlo ese día jamás volvería a tener la ocasión que tanto tiempo llevaba esperando. Montó en su deportivo negro y al mirar el reloj entendió que para ello todas las luces de los semáforos serían de color verde y que la palabra stop de las señales sería un anglicismo que no entendería…

...Nunca es tarde para hacer las cosas bien, se repetía, una y otra vez, cual sagrado tantra… pero como dijo aquel cantante que más tarde moriría tiroteado en la puerta de su casa por un fanático, la vida es lo que te sucede mientras tu tienes otros planes… Y, sin mas dilación, tuvo que aceptar que su momento, que EL momento, se había esfumado… y esta vez para siempre. No era propio de su naturaleza resignarse, pero el accidente en la calle Camino del Destino le devolvió a la tierra. El hombre puede lograr cosas difíciles, pero al menos él, no había alcanzado esa capacidad divina que le permitiera realizar milagros. Giró a la izquierda, intentando atajar, pero en la calle de los Infortunios, el camión de la basura no podía pasar a causa de un coche de color negro aparcado en doble fila. Sorprendentemente, no se enfadó, pero tampoco se puede decir que ese sentimiento que le invadió fuera la resignación. No, era algo totalmente nuevo para él.

Finalmente, un chico apresurado arrancó su coche negro (él no pudo, si quiera, odiarle…ya que sin saber a quien, le recordó a alguien…) y el camión de la basura avanzó.
Un bar le llamó la atención, así que sin pensar demasiado, cual autómata, aparcó en el lugar que hasta hace poco ocupaba aquel coche del chico apresurado. “El camión de la basura ya no va a pasar, no pasa nada. Además, estaré atento” – Se dijo.

Necesitaba calmarse, y aquel bar era el mejor escenario en el cual asimilar lo que estaba pasando. Lo que había perdido. Lo que podía haber sido y nunca sería.

Se sentó en una mesa cerca de la puerta, para así controlar su deportivo. Ese coche era parte de las circunstancias, pero no era un coche que él hubiera elegido por si mismo. A él le gustaban más los todo terreno. Sintió convertiste en una cenicienta del siglo XXI. Nunca imaginó que un hombre como él pudiera sentirse identificado con una princesita de cuento, pero empatizó con ella como nunca antes lo había hecho con nadie.

Y fue entonces, cuando asimiló que todo había terminado, aquel hombre que había provocado que todo cambiara tan radicalmente solo dos días antes se sentó en la mesa con él.
- Has llegado a tiempo, le dijo.
- ¿ A tiempo? ¿Qué está pasando? La cita era contigo, si, a las ocho y media, pero no aquí. - ¿Has visto que hora es? - Nuestro hombre miró el reloj. Un Tag Heuer de titanio que también formaba parte del plan, junto con el coche y algo de ropa cara. El reloj brillaba las ocho y media.
- Lo has conseguido, le dijo el misterioso hombre. Tu nueva vida es tuya. El coche, la ropa, tu nuevo nombre y tu nueva realidad. Todo es tuyo.
- ¿Así de fácil? ¿Qué quieres a cambio? No puede ser tan fácil…
Y el misterioso hombre desapareció.

Pagó rápido la copa y salió presuroso del bar, buscándole. Pero áquel hombre ya no estaba. Montó rápido en su coche (ahora si que ya era su coche…) y arrancó rapidísimo. Había un atasco al final de la calle que le provocó un ligero deja vu al mirar por el retrovisor. Pero no era propio de su personalidad mirar hacía atrás. Alguien le enseñó una vez que la vida transcurre siempre hacia delante.

Giró de nuevo hacía la calle Camino del Destino buscando a alguien a quien sabía, internamente, que nunca encontraría. No se dio cuenta de la señal de Stop, no se dio cuenta de nada, solo de que su coche giraba, que su coche giraba después de un gran estruendo, y que todo, absolutamente todo, se apagó.

En la acera, un misterioso hombre observaba el accidente. Nada en su rostro se contrajo, ni siquiera se inmutó. Ya he cobrado mi deuda. Se dijo, sin palabras.

En el sentido contrario, un joven en un deportivo negro llegaba tarde a una importante cita. Un accidente en la calle Camino del Destino había cortado el tráfico. Decidió girar a la izquierda, aun a sabiendas de que al menos, él, no poseía esa capacidad divina de hacer milagros.

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