Como no he conseguido que nadie participara hoy, he decidido hacerlo yo mismo. Y he decidido hacerlo con un refrito. Un cuento que escribí hace muchos muchos años y que hace muy poco di unos pequeños retoques para enviarlo a un concurso. Finalmente no lo envié, pero este es el resultado.
Espero que le guste a quien lo lea y, porqué no, os haga reflexionar.
Me llamo Juan Martín y estoy muy ebrio. Me encuentro terriblemente apenado. Es como si una parte de mí se hubiera ido para siempre.
Juan Martín no sólo es mi nombre, también es el nombre de un antiguo compañero de borracheras al que yo tenía mucho cariño y respeto, pues en esos momentos en los que, gracias al alcohol, la mente se encuentra lo bastante lúcida como para elaborar extravagantes teorías y lo suficientemente libre como para manifestarlas, él era capaz de expresar con una brillantez insultante aquello que tú ni tan siquiera habías llegado a atisbar. Era un tipo con clase, elegante con mayúsculas, ese tipo de elegancia que no se compra sino que se macera con los años, con la vida.
Realmente era una gran tipo, le voy a echar de menos. Hoy me han comunicado su defunción.
Nos conocimos por casualidad en “El Bodegón”, un bar de tapas cercano a mi oficina.
Yo frecuentaba con asiduidad aquel garito, normalmente al finalizar mi jornada laboral me tomaba un par de vinitos acompañados de alguno de los muchos canapés que adornaban la nutrida barra, conversaba sobre cualquier banalidad con el camarero y me marchaba con la sensación de haber cumplido por completo con mi hábito diario.
Un día salí algo más tarde de lo habitual, había sido un día de mucho trabajo y la tarde se había disfrazado ya de noche. Me encontraba realmente cansado y lo único que deseaba era irme a casa a descansar.
Pasé por la puerta del "Bodegón" de largo, pero unos metros más allá, como si la voz de la rutina me reclamara, di media vuelta y me dije: “Venga un vinito y a casa”.
Al entrar observé como el rincón donde yo habitualmente me sentaba, se encontraba ocupado por un hombre unos años mayor que yo, con gafas, moreno, engominado, vistiendo un impecable traje azul marino, camisa añil, corbata crema y una pose de hombre tranquilo e inteligente.
Me molestó un poco que ocupara el que yo creía mi sitio, pero qué podía hacer. Me situé cerca de él esperando que se fuera pronto y así recuperar mi trono y pedí un Ribera y una ración de morcilla.
Observé como Pepe, el camarero, le trataba con familiaridad. Me sorprendía que siendo yo un cliente diario jamás hubiera visto por allí a aquel individuo que tan amistosamente charlaba con él.
Claro que normalmente yo a esa hora no frecuentaba el bar.
- Pensé que ya no venías- Me dijo Pepe.
- Pues estaba tan cansado que me iba directamente a casa, pero he pensado que mi amigo Pepe me echaría de menos si no venía a hacerle una visita.
- ¿Te has enterado de lo del niño que han encontrado muerto por una paliza en una casa del barrio?
- No, no he oído nada- Respondí.
En ese momento el hombre que usurpaba mi espacio preferido nos interrumpió:
- Debería instaurarse la pena de muerte para aquellos que maltratan a los niños.
- Totalmente de acuerdo- No tuve más remedio que contestar- Yo, sin comprenderlo y por supuesto repudiándolo, puedo admitir cualquier tipo de delito, pero jamás podría perdonar a aquel que maltrata a un niño.
- ¡Qué razón tiene usted!- Me dijo.
- No me trate de usted, por favor. Juan Martín- Me presenté estrechándole la mano.
- Qué coincidencia, también yo me llamo Juan Martín- Me dijo devolviéndome el saludo.
- Supongo que con ese apellido nuestros padres tenían que haber escogido un nombre menos común.
- Pues sí. Un placer conocer a alguien con un nombre tan bonito. Jajaja.
- Jajaja. Igualmente. ¿Qué desea tomar?
- Vamos a por otro whisky, muy amable.
Así comenzamos una conversación muy amena que hizo que “mi vinito y para casa” se convirtiera en un colocón bastante majo.
Al día siguiente salí de acuerdo a mi horario habitual y como no podía ser de otra manera fui directo a El Bodegón. Mi rinconcito estaba vacío. Me tomé varios zumos de uva esperando que mi homónimo llegara, pero no apareció.
Durante un par de semanas la escena se repitió un día tras otro, un vino y yo esperando a un fantasma.
Así hasta que un miércoles un cliente me retuvo más de lo necesario y salí bastante tarde. En la puerta de mi despacho me encontré con una antigua compañera de cama a la que hacía tiempo no veía y me dijo que porqué no nos tomábamos algo para revelarnos cómo transcurrían nuestras ya alejadas vidas. Pensando en el efecto que en ella tendrían tres vinitos, acepté. Le comenté que muy cerca había un lugar muy agradable en el que servían unas tapas de vicio y hacia allá nos dirigimos.
Al entrar por la puerta vi como al fondo, donde la barra giraba, se encontraba un hombre ojeando un periódico. Al acercarnos me percaté de quién se trataba.
- Hombre, señor Martín- Le saludé.
- ¡Juanito, cuanto tiempo!- Me contestó él.
Era como si nos conociéramos de toda la vida. Le presenté a mi acompañante y ésta comentó que tenía la sensación de que ya le conocía de algo pero que no recordaba de qué. Él calló, como si también la conociera y no quisiera decirlo.
Mientras comíamos y bebíamos comenzamos una conversación triangular que degeneró en diálogo entre Juan y yo. Cuando me quise dar cuenta mi vieja amiga había desaparecido. Ni tan siquiera me percaté de su adiós. La verdad es que me dio igual, me complacía más la presencia de mi íntimo desconocido.
Así fueron pasando muchos días, muchas semanas, muchos meses y algunos años.
Era muy curioso lo que ocurría, cuando yo llegaba a mi hora habitual, por mucho tiempo que allí permaneciera, él nunca acudía a la inexistente cita, pero si por alguna circunstancia yo me retrasaba, allí se encontraría, esperando sentado en mi rincón.
Como su compañía y su conversación me resultaban más que agradables tomé la decisión de retrasar mi horario laboral y comencé a llegar cada día con el suficiente retraso para asegurarme su presencia.
Con el paso del tiempo nos fuimos conociendo muy bien. Éramos como dos almas gemelas, pero con matices. En el fondo estábamos de acuerdo en la mayoría de los temas, pero él tenía una visión mucho más tranquila y sosegada de las cosas. Suponía yo que los once años de diferencia que me llevaba (me confesó su edad en una ocasión) hacía que nuestras perspectivas fueran un poco diferentes a pesar del fondo común.
Nuestras vidas parecían dos líneas paralelas, su día de cumpleaños coincidía con el mío, estudió en el mismo colegio que yo y, como yo, era abogado. Al igual que yo era soltero, tenía tres hermanos como yo los tenía, todos ellos varones como los míos y sus nombres correspondían con los nombres de mis hermanos. Incluso, qué casualidad, había sido inquilino de la casa donde yo residía en ese momento.
Menos mal que había detalles de su vida que no coincidían con los de la mía, sino hubiera creído estar conmigo mismo. Sus padres hacía años que ya habían fallecido cuando nos conocimos, mientras los míos murieron a los cuatro años de nuestro primer encuentro. Él tenía cuatro sobrinos que acabaron siendo cinco, mientras yo tenía sólo dos que con los años se han convertido en cuatro y además, él era un hombre adinerado desde que nos conocimos y yo lo estoy empezando a ser ahora gracias a sus sabios consejos.
Y un último e importante detalle, él hasta hoy vivía en el lujoso apartamento que un conocido le había legado, mientras yo sigo durmiendo en el humilde pisito que, casualmente, antes él habitara.
Le echaré de menos, era como un padre para mí. En realidad era como un padre, como un hermano, como un hijo y como un amigo. Era yo pero fuera de mí. Me enseñó a vestir de una manera más señorial, a ser más paciente, a saber controlar mis impulsos, a llevar de una manera más fructífera el despacho. Me hizo ver la necesidad de creer en algo, de tener ilusión por cada acción que acometo, de nunca rendirme, de luchar por lo que me interesa y sobre todo me enseñó a creer que los milagros existen, que si uno tiene fe en sí mismo, puede conseguir cualquier cosa que se proponga. También me enseñó a desconfiar de los que él llamaba “amigos pasajeros”, personajes que durante un periodo breve de tu vida te hacen creer que eres alguien realmente importante para ellos pero que su único fin es aprovecharse de todo lo que les puedas proporcionar y que como él me decía: ” El día que te mueras no les esperes, pues no irán a despedirte”.
No sé es si asistiré mañana a su funeral. Sé que se lo debo por respeto y por cariño y porque no quiero ser uno de esos “amigos pasajeros”, pero en realidad, y aunque parezca increíble, después de tantos años de amistad no conozco a ningún familiar ni allegado suyo, así que nadie notaría mi presencia y menos aún mi ausencia. Aunque claro, no puedo fallarle después de que me hayan comunicado que en su testamento aparezco yo, creo que como beneficiario de su apartamento.
De todas formas es una decisión que no debo tomar ahora en este estado, mejor iré a dormir y la luz de la mañana dictará lo que debo hacer, pues como él decía: “Haz lo que te apetezca en cada momento y no te arrepientas de lo que te apeteció hacer en el pasado”.
Finalmente, no podía ser de otra manera, he ido ir a dar el último adiós a mi amigo. He permanecido alejado, apartado, en la distancia, sabiendo que él estaría viéndome pero no los demás. Tenía que haberme puesto las gafas. Sé que mi vista no es muy buena y aún menos a larga distancia, pero todavía estoy aturdido por la cantidad de conocidos que me ha parecido ver despidiendo a Juan.
Era realmente extraño, creí conocer a casi todos los asistentes, pero todos ellos parecían mucho más viejos. Por un momento me pareció asistir a mi propio funeral, pero dentro de unos años. Aunque naturalmente no podía ser pues si bien allí se hallaban multitud de allegados míos también se encontraban muchas personas que no he visto hasta ahora en mi vida y lo más importante, faltaban algunos de mis colaboradores y amigos. Aunque bien pensado...
- ¡Oye Pepe me pones otro whisky!
- Un momento Juan que atiendo a este joven. ¿Qué desea tomar?
- Un Ribera y una ración de morcilla.
- Vaya, eso es lo que solía tomar yo hace años al salir de trabajar hasta que un buen amigo me convirtió en un adicto al whisky.
- Es que para mí no hay nada como un vinito y algo de picar al salir de la oficina.
- Eso sí que es una buena declaración de principios. Encantado de conocer a alguien con tan buen gusto. Mi nombre es Juan Martín.
- Qué coincidencia, también yo me llamo Juan Martín...
5 comentarios:
Ya sabes que me gusta mucho este cuento.
Hasta que la amiga de Juan abandona el bar, el relato me parece buenísimo. Crea expectativas muy grandes. Luego creo que el protagonismo lo asume en demasía la anécdota superficial, y la historia pierde el misterio sintético y alusivo del principio.
Desde mi punto de vista el final no es sorprendente porque el lector ya ha intuido lo que "parece" que pasa. Muy sutilmente le has llevado a este punto. Luego todo es demasiado evidente.
Por acabar de explicarme con una metáfora, es como si se pasara de un sugerente erotismo a una cruda pornografía.
Este relato era para haberlo enviado al concurso.(a pesar de la crónica constructiva de JM)
Pues a mi me parece un muy buen relato,ya que te mantiene en suspense hasta el final,pensando quien sería el Juan martin,yo de ti lo mandaría a algún concurso,seguro qu tienes exito.
Ahora a otra cosa,pero bueno de haber sabido yo que no tenías a nadie para el viernes,te escribo la segunda parte del quijote,pues menudo caracoleo yo,en fin como escribí,una historia bastante triste,por la ausencia e mi amigo y casi padre,que siempre me acompañará,ya escribiré algo alegre,y con humor que es de lo que hay que llenar la vida.
Un beso para todos.
Lo he leído y he reflexionado y lo que no tengo muy claro es si tengo que salir antes del trabajo o cambiar de profesión.
Comparto la opinión con J.M. de que el relato al menos en su fin es esperable (o al menos esperado por mi), pero también he decir que me ha hecho pasar el rato, que al fin y al cabo es de lo que se trata.
Macho - Man se hubiera dado cuenta de que su amiga se iba a casa y no hubiera dejado pasar la ocasión.........
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