Son tantas las cosas que he perdido por no saber callar y tan importantes las que dejé de tener por callar que cada vez que me encuentro en la tesitura de decir o no decir una duda disfrazada de angustia me corroe y no me deja elegir.
Y cada vez que digo que iba a decir o que me gustaría decir algo pero que no puedo o no quiero decirlo mi interlocutor me dice que eso no se hace y que si se dice que tienes algo que decir pero que no vas a decirlo tienes la obligación de decirlo. Y lo dices... y como en realidad no tenías que decirlo pues la otra persona ya sabe más (o al menos lo mismo) que tú y desde luego mucho más de lo que debería saber (ya que tendrías tus motivos para no decirlo). A partir de ese momento ya no tendrás el control sobre las consecuencias de tus pensamientos ni de tus sentimientos, pues es en ese preciso momento justo en el momento en que son compartidos, el momento justo a partir del cual ya tan sólo te queda una cosa por hacer... esperar y callar (¿o decir?).
Decir o callar, la disyuntiva de mi vida.
2 comentarios:
ssssshhhhhh
Tenías razón, Félix, la sinceridad está sobrevalorada, te agradezco el haber aprendido al menos eso...
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